martes, 11 de julio de 2017

EL OJO DEL HACHA

                                                            





Un sol brillante y tibio no me alcanza hoy para disipar tanto frío. Es Junio y las sierras se ven grises y amarillas con puntitos anaranjados y blancos. El valle está silencioso y me siento con toda mi soledad a cuestas, esta amiga tan cercana  que no se ve, pero se siente instalada a mi costado como en guardia. No es material, pero al alma se la presto yo y el color se lo da mi tristeza.
Pronto debo regresar a mi llanura, hay obligaciones que cumplir, esta vez son elecciones legislativas. Acabo de recordar que yo elijo siempre mal…desde gobernantes hasta amores: siempre resultan imposibles.
Las sagitarianos tenemos un arquero como símbolo, tal parece que el mío tiene muy mala puntería, siempre le doy a lo mas inconveniente.
Vivir automáticamente, muy robotizada y con una parte de mi cuerpo que no obedece al control remoto, también es una manera de irse despacito, aunque tarde y con dolor, iré llegando a la meta. Cuesta salir de la cama por las mañanas, duele poner una pierna en el suelo y después seguir la rutina del robot ama de casa.
Disfruto de mi vida en las sierras, de mi casita hecha con esfuerzo y de a pedacitos. No recibo órdenes, el silencio es roto sólo cuando sopla el viento, leo mucho, tejo para mis nietos, duermo muchas horas y camino por senderos flanqueados de espinas secas y filosas, ansiando llegar hasta  el río. Es invierno y el paisaje difiere mucho del que se ve en verano. Los colores que prevalecen son el gris de las sierras, el amarillo de los pastos y el verde oscuro de los ligustros y los pinos. Es un marco perfecto para disimular las tristezas de la soledad entrometida y tenaz de este robot de larga trenza y de mirada brillante de ausencias.

En el río revuelto de mis pensamientos, se inmiscuye aquél que llega para alegrar mi  corazón chamuscado y lleno de agujeros como un gruyere. No podría ese alguien tan especial para mí, tomar una súbita determinación y llamarme para calentar mis oídos con su voz? Entonces el sol brillaría sobre mi paisaje brumoso de invierno y de golpe la primavera se vería resplandecer sobre mi valle. Pero el divague cesa y mis pupilas divisan  los tonos apagados y el vuelo silencioso de una palomita de la Virgen. Disgustada por soñar tantas pavadas, me doy la vuelta y rezongando, suelto: qué tiene que ver el amor con el ojo del hacha! 

Lydia Musachi

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