domingo, 9 de abril de 2017

CUANDO CAE LA LLUVIA

                                                                     





A veces siento que he vivido mil años. Porqué será que percibo que las experiencias no me caben en el cuerpo? Creo que he vivido en la edad media, la moderna y en la contemporánea. He usado polizón, miriñaque, minifalda, minishort, de todo, menos cinturón de castidad. Se puede deducir que tan tonta no he sido, al menos. Tampoco he sido una cortesana ligera de cascos, ni acróbata de cama redonda, ni geisha oriental sobre cojines, no creo haber sido copera de cabaret y mucho menos botinera, o sí, casi me olvido que una vez me gustó un arquero y además granadero de hermoso porte y buen bailarín. Ahora les dicen botineras a las chicas que salen con jugadores de fútbol. Estoy un poco confundida pero no del todo. Hago balance de amores de vez en cuando. Qué habrá sido del chico de la carpintería? del flaco rubio que no sabía bailar pero que lindo era sentir que te miraba y te decía al pasar ¿te puedo acompañar a la parada del colectivo? Nunca se rendía y me esperaba a la salida de la peluquería para pedirme que lo escuche. Y del morocho mas lindo que conocí, el de los ojos negros y de largas pestañas, tímido y tan educado ! Bailé tantos rocks con él, que acumulé movimientos para el resto de mi vida. Cuando me duelen las articulaciones digo que será por tantas piruetas y contorsiones que hice para ganar una torta y una botella de vino en las fiestas patronales del pueblo de las dos lagunas. Y los tangos que aprendí a bailar en el comedor de mi tío en el pueblo serenísimo, bonaerense y milonguero. Y aquel carnaval donde me llevaron mis primos y que en pleno trencito se me rompió uno de mis tacos. Terminé el baile descalza y subiendo al escenario para recibir un recuerdo por buena bailarina pero además por ser, según ellos rosarina, aunque fuera de un pueblo cercano a Rosario. Cuando llueve me pongo melancólica y me da por meterme en el túnel del tiempo, creo que es como conectarme con la alegría, cuando la vida aún no había comenzado a mostrarme la parte oscura, la que se va descubriendo a medida que van cayendo las hojas del árbol que nos regalan los que plantaron nuestra semilla. Mis hijos se aburren si les cuento, ellos piensan quizás, que nunca me he divertido. Los años han pasado, es cierto, pero tampoco soy Matusalén, recuerdo muchas cosas que han dejado  marcas en mi espíritu y era la época donde la juventud se vivía más con el cuerpo que con el alma. Hoy las cosas son al revés, se vive con el alma a flor de piel.

Lydia Musachi


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