sábado, 5 de noviembre de 2016

EL CORRENTINO SAUCEDO

                                         


Revisando mis antiguos álbumes familiares, encontré una foto en la que se ve a un joven y sonriente gaucho vestido a la usanza correntina,  montado en un caballo blanco. Estudiando el fondo de la foto se puede observar la chimenea de la antigua fábrica de productos lácteos De Lorenzi, que hoy pertenece a la firma Sucesores de Alfredo Williner y las sencillas casas de obreros y peones rurales de los alrededores. A Don Domingo Saucedo se lo fotografió frente a su casa en la Avda. Libertad, antiguo camino viejo bordeando las vías.
Viéndolo así al “Correntino” como todos lo llamaban vienen a mi memoria como en diapositivas, lo que he vivido en mi niñez y juventud en el campo, donde lo conocí.
Según decía, había venido de su provincia siendo muy jovencito, a juntar maíz a las estancias de la zona. Se acercaba a la cocina a tomar unos mates y se ponía a contar  divertidas anécdotas, porque era muy alegre y nunca le faltaba la sonrisa en su boca. Era feliz con su vida de resero, peón de campo o estibando bolsas en los galpones de la Cooperativa Agrícola.  No tenía empleador fijo, andaba siempre de a caballo, sobre todo en las ferias ganaderas, lo que se dice un auténtico gaucho. Vivía con su compañera y los hijos de ésta en su casa del camino viejo, sobre la tercera cuadra de tierra. Don Domingo era muy apreciado por su trabajo y  su personalidad, era el alma mater de cualquier rueda de fogón, siempre tenía jocosas anécdotas y sucedidos para contar de sus trabajos en chacras y estancias de una amplia zona. Uno de sus cuentos más festejado era el que relataba como ocurrido  en  la Estancia Las Chilcas de Las Rosas, siendo él y la Alemana dueña de la estancia, los protagonistas principales. En esos tiempos, debió haber sido por la década de 1940, los peones golondrinas, santiagueños muchos de éllos, pero también chaqueños y correntinos como él, venían  a juntar el maíz a las estancias y chacras de nuestra provincia. En Las Chilcas la dueña era una señora mayor, quien personalmente vigilaba a los juntadores con sus prismáticos cuando salían a trabajar.  Cuando los descubría descansando o haciendo algo que no correspondía, al terminar el día de trabajo, les endilgaba un enérgico discurso sobre los deberes y obligaciones que no habían cumplido como habían tratado. Hasta que un día, sabiendo El Correntino, que la patrona lo observaba con sus binoculares, se puso a hacer gestos obscenos con una espiga de maíz. A ver si se atreve a retarme La Alemana esta noche…. decía muerto de risa. La noche llegó pero  La Patrona no apareció por el galpón de los peones, seguramente por recato, pero el pícaro correntino averiguó por una mucama, que indignada le mostraba los binoculares y le decía venga a ver que está haciendo ese correntino sucio! Cosas como esas y muchas más pasaban en los campos en épocas de cosecha. A Don Domingo, yo lo recuerdo especialmente, porque estuvo presente en mi adolescencia, haciendo de celestino, llevando las cartas de mi novio hasta la Estancia El Injerto, donde caía de visita como quien no quiere la cosa. Yo no tenía permiso para andar noviando a los quince años, pero a él le daba pena y hacía de mensajero. Don Domingo era amigo de mi novio por haber trabajado en el tambo con su familia y viendo la situación se ofreció a hacer de correo, hasta que mi padre desconfió y se terminaron los mensajes, las visitas y el noviazgo. Después de algunos años, ya casada y viviendo en la Estancia La Porteña, supe que trabajaba para  los mismos empleadores que nosotros en un campo ubicado en la zona de Azul, en la Provincia de Buenos Aires. No hace mucho conversando con vecinos de su antigua casa, me comentaron que había fallecido en ese  lugar, donde lo apreciaban y como no tenía familiares, sus restos fueron sepultados en el cementerio que correspondía a esa jurisdicción.
El Correntino Saucedo, es recordado por las personas que lo conocimos, como un  verdadero peón rural.

Lydia Musachi






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