sábado, 29 de octubre de 2016

TIO JUAN Y LOS ESPIRITUS

                                              
 
Ya no existe nadie que  pueda ayudarme a completar los recuerdos que duermen en algún rincón de mi mente y de mi corazón. Pongo en marcha el retroceso y el tiempo me acerca hacia las  noches de invierno cerca de la cocina a leña. Sitio obligado de los tíos  Miguel y Juan y lugar especial para que los atacáramos, obligándolos
a que nos contaran hechos y sucedidos de sus vidas cuando eran  niños y vivían en el campo, con sus padres y hermanos, allá por el pueblo de Cavour y  más tarde ya afincados en éste el que fuera su lugar.
Mi madre accede a regañadientes a agregar algunos condimentos a mi trabajo de juntar recuerdos y darles forma , por lo general le pregunto por el nombre de las personas a que se refieren las anécdotas , porque siempre me ha costado recordar  nombres, más si estos son los personajes que forman parte de esta vuelta por el túnel del tiempo.
Al lado de la cocina donde mi madre trajinaba, se escuchaban los cuentos de Don Juan el zorro y su tío  Tigre. La Leyenda de la Luz Mala, el caso de Los Turcos muertos por el tren en el Paso a Nivel que mi padre y mis tíos , tenían que cruzar para ir a la escuela y también el relato detallado de las visitas de El Maestro de las Perras, que así lo llamaban, a un trotamundos que oficiaba de maestro rural y que viajaba con una jauría de perras, debajo de su break.
 El que nos contaba cuentos en su afán por entretenernos y que le festejáramos sus ocurrencias, era el tío Juan, nos tenía mas paciencia que el tío Miguel. Era como un chico grande y se calificaba a sí mismo como retrasado mental porqué su mamá le había explicado que cuando tenía 3 ó 4 años lo había encarado un carnero enojado y lo había dejado desmayado varios minutos. El decía que por eso le costaba aprender a leer y escribir correctamente, aunque lo hacía y se divertía muchísimo leyendo las historietas que mi madre le compraba cada mes, cuando cobraba la liquidación de la leche del tambo, donde el tío Juan era el gran ayudante de mi padre.
En casi todas las familias numerosas de aquéllos tiempos,  existían personas con poca inteligencia, quienes eran las que  trabajaban en las tareas mas fuertes o que los demás hermanos mezquinaban hacer. A veces con promesas de regalos tan simples como alguna golosina, cigarrillos o como en el caso de tío Juan en traerle del pueblo queso cáscara colorada, dulce de membrillo y la revista Patoruzú o Patoruzito. Esas cosas eran su regalo más esperado. Al dinero no le daba importancia, sólo lo usaba cuando tenía que ir con mamá al pueblo a cortarse el pelo y tomarse una "naranjina" en el boliche de Sibona, que quedaba en la esquina del  Hospital, mientras esperaba que mi madre hiciera los mandados y luego lo pasara a buscar. Traía masitas y nos regalaba las monedas que le sobraban, a las que les llamaba "chelilas", hasta hoy no he podido deducir de dónde habrá sacado esa palabra, podría ser del piamontés o tal vez, como tantas otras que usaba, sería producto de su invención.
Tío Juan se divertía cuando alguien hacía alguna cosa fuera de lugar o se equivocaba, era su pequeña venganza porque decía que como el loco era él y los demás eran todos normales, las pavadas se las adjudicaban a él.
El hacía las veces de abuelo con nosotros, nos mimaba con sus golosinas, nos contaba  cuentos y nos asistía atándole el sulky a mamá para llevarnos al pueblo o nos ensillaba el Pirincho para ir a la escuela. Algo solía pedir a cambio: que le trajéramos figuritas, que él guardaba para mirarlas cuando estaba descansando y tomando sus sagrados mates de pava enorme y negra calentada en la fragua.
Cómo nos defendía cuando nuestro padre nos reprendía! siempre era por alguna travesura que habíamos hecho en pandilla, pero él siempre nos justificaba diciendo que éramos chicos y ya se sabe…
Hacía de niñero porque siempre estaba alerta mirando por dónde andábamos, que no subiéramos a los techos, que no nos asomáramos al tanque y que no nos metiéramos en el corral cuando una vaca recién había tenido su ternerito. Algunas se ponen muy malas cuando uno se acerca a su cría y  a nosotros nos gustaba ir a tocarlo.
Cuánto lo queríamos todos! Vivíamos en Las Parejas cuando me casé y me mudé con mi esposo a mi pueblo natal, él se quedó muy triste, porque pensaba quien le iba a cortar el pelo, si no estaba la loquita, porque así me decía con cariño. Me contaban mis padres que me esperaba todas las tardes, apoyado en el palo que usaba para arriar los terneros y las vacas hacia el corral.
Tardé un mes en volver después de mi casamiento y allí estaba en la tranquera, mirando hacia la ruta para verme bajar del colectivo o de la camioneta de mi marido. Fue el primero que me vió y salió corriendo a mi encuentro.
Cuando se enfermó de un cáncer de piel, estuvo internado en el Hospital de mi pueblo, para que yo pudiera cuidarlo. Cuando lo dejaban deambular se venía hasta mi  casa, que quedaba a una cuadra y esperaba que me despertara para tomar mates con galletitas que él compraba en el almacén de la esquina. De ésa se salvó con una oreja menos, pero no le daba importancia, se cubría con la boina. Cuando volvió a su casa en el campo, extrañé su compañía y él volvió a esperarme apoyado en la tranquera. Le gustaba que yo le contara las novedades de su pueblo que siempre añoraba.
Al cabo de unos años esa cruel enfermedad lo volvió a tomar y esta vez en los pulmones, por lo que no hubo mucho que hacer, solamente aliviarle los dolores y darle todos los gustos. En su lecho de muerte reclamaba mi presencia, me reconocía por los pasos cuando llegaba, porque había quedado ciego y se emocionaba con mi embarazo reciente. Tenía la esperanza de que mi bebé naciera antes de su partida, pero no pudo ser. Siempre lo tenemos presente en nuestra familia, aunque no tengamos ni una sola fotografía suya, porque la única que pude sacarle, de sorpresa, se extravió en alguna mudanza y aún hoy la sigo buscando cuando reviso mis cajas de fotos.
Lo recordamos, como un duende trabajador, juguetón, y amante de los niños. Un alma llena de alegría que aborrecía la violencia en todas sus formas, se enfurecía si alguien le pegaba a un animal o maltrataba a las personas. Entonces las conversaciones con sus espíritus de confianza se tornaban puros reclamos y rezongos a viva voz. Era su manera de desahogarse ya que nunca se prestaba a una pelea.
Lydia Musachi


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