lunes, 19 de septiembre de 2016

UNA HISTORIA DE AMOR




                                               


Hoy tengo a flor de piel mis emociones. Pongo una escalera imaginaria y trepo hasta el altillo de mis recuerdos, donde guardo lo que quedó marcado a fuego en mi corazón, los tesoros más preciados de mi amor y  de mi juventud.
Envueltas cuidadosamente están las cartas ajadas y amarillas, pequeños mensajes, fotografías en blanco y negro y algunas pocas en colores también. Te veo en el tiempo y  en las fotos, en tus pequeñas esquelas llenas de amor y nostalgia. Y en el silencio en que me refugio, cual mágica caricia aparece de pronto el sonido de tu voz , el olor de tu piel, el sabor de tus besos. Y sin darme cuenta vuelvo a recorrer el camino que hice a tu lado para aprender todo sobre el amor. Amor con mayúsculas, de ésos que si hubiéramos vivido en la edad media, por él, nos hubieran asesinado en la plaza pública y tirado nuestros cuerpos a las bestias.
Fueron duros nuestros siete años, fuimos piratas del amor y sin querer tomamos por asalto las naves de nuestros hogares. Hubo mucho llanto y muchas risas compartidas, mucho más llanto que risas. Vivimos difíciles situaciones, llenas de reproches, de celos y de habladurías, momentos cargados de lágrimas, donde nos desgarrábamos el alma buscando una solución, aunque ya supiéramos cual debía ser. Luchamos a capa y espada, fuimos muy felices en los momentos compartidos a puro coraje y a pleno sol. También lo fuimos en la oscuridad porque debimos recurrir a élla para proteger nuestros momentos de paz y de alegría. Estar juntos era nuestro sueño y nuestra lucha diaria.
Los viajes que hacíamos en silencio, con música suave haciendo de nexo y mi cabeza apoyada en tu hombro, tranquila como las ondas de un estanque en una madrugada de verano.
Nos regalábamos caminatas tomados de la mano, entre los grandes árboles de un hermoso lugar donde nos deteníamos a tomar el té con scons a la vera de la ruta que transitábamos, nos  acariciábamos la cara y el pelo, como si fuéramos chicos haciendo travesuras y allí encontrábamos la paz que nos faltaba cuando estábamos separados por apenas unas cuadras y unas pocas casas, pero que significaba para nosotros estar cada uno en las antípodas del otro.
Y la vida nos pasó por encima… y cuando ya no pudimos más con el peso de las responsabilidades y el egoísmo de nuestra felicidad ofendía a nuestros seres queridos, tuvimos que decidir. Y valientemente, una tarde muy triste lo hicimos, nos destrozamos el corazón, amordazamos nuestro llanto y prometimos seguir cada uno por su lado. Varias veces fuimos abuelos los dos. Una mañana nos cruzamos al salir del banco, nos dijimos hola y nos miramos, sé que pensaste lo mismo que yo, pero conservamos la misma mirada y nos reconocimos como siempre. Tu  pelo ha cambiado de castaño oscuro a un blanco luminoso, caminas erguido como siempre y me pareció que no te pesaban los pocos kilos que te han ido dejando los cumpleaños. También habrás notado que el tiempo ha clavado sus garras en mí, y que he acumulado algunos kilos, varias arrugas y muchas tristezas.
Hoy con un nudo en la garganta, recuerdo algo que me dijiste cuando nos separamos: la vida nos exige este sacrificio, pero pido a cambio, que cuando se hayan cumplido los proyectos que Dios tiene para  nosotros, me permita llegar hasta tu casa y golpear la puerta,  y si ya no puedo con las manos que  me permita hacerlo con el bastón. Ya no podrás cumplir con tu promesa, pero igualmente, pese al terrible dolor que estoy sintiendo, le doy gracias a Dios por haberte puesto en mi camino y por la inmensa alegría de saber que fuimos lo que él dispuso que fuéramos el uno para el otro.
Así mezclados entre mis lágrimas, descubro en estos días de finales de verano, que nada sucede por casualidad y que los caminos de la vida son insondables, hacía mucho tiempo que no nos veíamos y de pronto una mañana nuestras miradas se cruzaron para decirnos adiós.



 Lydia Musachi

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