lunes, 5 de septiembre de 2016

RIO GRANDE


Otra persona surge dentro de mi cuerpo dolorido. No sé en que momento desaparecieron mis dolores en el hombro, la clavícula y en mi pecho. Desperté con ganas de salir a caminar con la fresca, por senderitos profundos, entre los verdes refulgentes del valle después de la lluvia y llegar hasta el Río Grande que corre entre las altas rocas de granito negro. Desde lejos se oye el canto saltarín de la cascada y se huele a poleo, menta y peperina. Bajar rápido, sorteando piedras y espinas filosas, me lleva pronto a divisar el cauce pedregoso y límpido del río. Este río rápido, fresco y serpenteante que a veces manso y otras veces furioso, hace su derrotero hacia el lago que lo espera en el final.
 Necesitamos el agua que nos trae como si fuera sangre que alimenta nuestra venas. En sus altas riberas al oeste, pastan flacas las vacas tras el invierno seco, frío y nevado que tuvimos este año. Los peludos caballitos serranos bajan a beber, agradecidos y las ariscas cabras trepan apuradas las barrancas para pastar bien arriba, colgadas, donde se ven gordas las nubes blancas y brilla insolente el sol del verano.
Sentada a la sombra de un gran molle, que brota entre las fisuras de las piedras, mojo mis pies aguijoneados de espinas en el agua fresca del río.
Se regocija mi alma, que sube y sube, hasta llegar al cielo tan celeste y lleva mis plegarias de agradecimiento por tanta paz y tanta belleza.
Una sonrisa acompaña este momento y como en cada latido de mi corazón, aparece tu recuerdo. Gracias por haberte cruzado en mi camino y acompañarme sin saberlo en el último tramo de mi vida.

LYDIA MUSACHI



1 comentario:

Carlos von Zedtwitz dijo...

Hermoso, me gustó mucho gracias Lydia