miércoles, 30 de octubre de 2013

OLEGARIO VÍCTOR ANDRADE




Olegario Andrade nació el 6 de marzo de 1839. Si bien hay diferencias de opinión acerca del lugar de nacimiento, el acta de nacimiento y otros datos coinciden en que nació en Alegrete, Departamento de Río Grande del Sur, Brasil.
Su esencia, sin embargo, fue argentina, ya que cuando Olegario Andrade nació, sus padres, María Marta Burgos (entrerriana) y Mariano Andrade (santafecino), habían momentáneamente emigrado a Brasil por razones políticas. Era una época peculiar en el país, que transitaba por el gobierno de Rosas.
En 1845 regresaron a Gualeguaychú (Entre Ríos), el lugar de residencia habitual de la familia y ciudad que muchos consideran como sitio natal de Olegario Andrade.
Muertos sus padres a edad temprana, Olegario siguió igualmente con sus estudios.
Sus aficiones literarias no tardaron en manifestarse: sus primeras composiciones poéticas datan de su etapa escolar.
El 9 de julio de 1848 se destacó al componer una alocución patriótica, que impresionó al coronel Rosendo Fraga, quien lo recomendó para que continuara sus estudios al propio gobernador de la provincia. Así, Urquiza asumió la protección del niño huérfano y Olegario ingresó al Colegio de Concepción del Uruguay. Allí fue compañero, y también amigo, de Julio A. Roca, Victorino de la Plaza y Eduardo Wilde.
En este colegio Andrade dio muestras de su gran inspiración literaria, que luego fue incluida en la edición oficial de sus "Obras Poéticas".
En 1857, cuando finalizó sus estudios oficiales, se casó con Eloísa González, uruguaya de Carmelo, con quien tuvo muchos hijos. Una de sus hijas, Agustina, es considerada la principal poetisa enterriana del siglo XIX. Al dejar el colegio, se consagró por entero al periodismo.
Se trasladó a Buenos Aires y colaboró en el periódico "La Reforma Pacífica". Luego regresó a Entre Ríos, donde continuó ejerciendo el periodismo.
Trabajó en varios periódicos, como "El Mercantil" y "El Paraná". Asimismo, colaboró con sus artículos en el diario "La América", dirigido por Agustín de Vedia. Además de periodista, Andrade se desempeñó como diputado provincial en Santa Fe en 1859, luego sufrió una persecución política que lo termnó destituyendo como legislador provincial. Más tarde, sin embargo, fue secretario presidencial de Derqui.
Su extensa y, a la vez, discontinua trayectoria, lo llevó por algunas coyunturas políticas y económicas adversas, pero dejó testimonio periodístico y literario de su gran espíritu federal, de su oposición a la política de Mitre y de su mordacidad contra Sarmiento. Se opuso explícitamente a la guerra contra el Paraguay y a la política de la Triple Alianza.Su beligerancia política fue declinando, especialmente cuando el presidente Sarmiento lo designó administrador de la Aduana de Concordia. Él aceptó, fundamentalmente, debido a sus penurias económicas.
En 1872 el gobierno decretó su exoneración y, víctima de calumnias, fue procesado bajo el cargo de administración fraudulenta. Fue absuelto pero pasó algunos años relegado y triste. Años después, Andrade se incorporó a la política en Buenos Aires: se trasladó allí de la mano de Avellaneda, a través del Partido Autonomista.
Ocupó diferentes cargos en funciones diplomáticas en Paraguay y en Brasil. Accedió en 1878 a una diputación nacional por el Partido Autonomista, sin dejar de lado sus talentos literarios y poéticos. Su obra "El nido de cóndores" lo llevó a la cima de su carrera como poeta y adquirió renombre a nivel nacional. Este poema fue leído en el antiguo Teatro Colón el 25 de mayo de 1877.
Ya en esas fechas su fama como poeta era incuestionable. No obstante, su "Atlántida. Canto al porvenir de la Raza Latina en América", leída el 12 de octubre de 1881, fue su última llamarada poética.
En abril de 1882 vio morir a su hija Lelia y eso lo apagó para siempre.
Ese mismo año, el 30 de octubre, Olegario Andrade murió de un ataque cerebral.
Su sepelio fue una muestra del reconocimiento general a su obra. Habló el presidente de ese momento, Julio A. Roca, y recitaron sus composiciones poéticas personalidades del mundo de las letras.
Por disposición de la Cámara de Diputados de la Nación, sus poesías fueron compiladas bajo el título de "Las Obras Poéticas de Olegario Víctor Andrade". El libro apareció por primera vez en 1887.


EL NIDO DE LOS CONDORES
Fantasía
(Fragmento)

I
¡En la negra tiniebla se destaca
como un brazo extendido hacia el vacío
para imponer silencio a sus rumores
un peñasco sombrío!

Blanca venda de nieve lo circunda
de nieve que gotea
como la negra sangre de una herida
abierta en la pelea.

¡Todo es silencio en torno! Hasta las nubes
van pasando, calladas,
como tropas de espectros, que dispersan
las ráfagas heladas.

¡Todo es silencio en torno! Pero hay algo
en el peñasco mismo
que se mueve y palpita cual si fuera
el corazón enfermo del abismo.

Es un nido de cóndores, colgado
de su cuello gigante,
que el viento de las cumbres balancea
como un pendón flotante.

Es un nido de cóndores andinos
en cuyo negro seno
¡Parecen que fermentan las borrascas
y que dormita el trueno!

Aquella negra masa se estremece
con inquietud extraña:
¡Es que sueña con algo que lo agita
el viejo morador de la montaña!

No sueña con el valle ni la sierra
de encantadoras galas:
ni menos con la espuma del torrente
que humedeció sus alas.

¡No sueña con el pico inaccesible
que en la noche se inflama,
despeñando por riscos y quebradas
sus témpanos de llama!

¡No sueña con la nube voladora
que pasó en la mañana,
arrastrando en los campos del espacio
su túnica de grana!

¡Muchas nubes pasaron a su vista,
holló muchos volcanes,
su plumaje mojaron y rizaron
torrentes y huracanes!

Es algo más querido lo que causa
su agitación extraña:
¡Un recuerdo que bulle en la cabeza
del viejo morador de la montaña!

En la tarde anterior, cuando volvía,
vencedor inclemente,
trayendo los despojos palpitantes
en la garra potente,
bajaban dos viajeros presurosos
la rápida ladera,
un niño y un anciano de alta talla
y blanca cabellera.

Hablaban en voz alta, y el anciano,
con acento vibrante,
"¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto
de esta cumbre gigante!".

El cóndor. al oírlo, batió el vuelo,
lanzó ronco graznido
y fue a posar el ala fatigada
sobre el desierto nido.

¡Inquieto, tembloroso, como herido
de fúnebre congoja,
pasó la noche, y sorprendiólo el alba
con su pupila roja!

II
Enjambres de recuerdos punzadores
pasaban en tropel por su memoria.
¡Recuerdos de otros tiempos de esplendores
de otros tiempos de glorias,
en que era breve espacio a su ardimiento
la anchurosa región del vago viento!

Blanco el cuello y el ala reluciente,
iba en pos de la niebla fugitiva,
dando caza a las nubes en oriente
o con mirada altiva
en la garra pujante se apoyaba
¡Cual se apoya un titán sobre su clava!

Una mañana, ¡inolvidable día!,
ya iba a soltar el vuelo soberano
para surcar la inmensidad sombría
y descender al llano
a celebrar, con ansia convulsiva,
su sangriento festín de carne viva.

Cuando sintió un rumor nunca escuchado
en las hondas gargantas de occidente
¡El rumor del torrente desatado,
la cólera rugiente
del volcán que, en horrible paroxismo,
se revuelca en el fondo del abismo!

Choque de armas y cánticos de guerra
resonaron después. Relincho agudo
lanzó el corcel de la argentina tierra
desde el peñasco mudo
¡Y vibraron los bélicos clarines,
del Ande gigantesco en los confines!

Crecida muchedumbre se agolpaba,
cual las ondas del mar en sus linderos,
infantes y jinetes avanzaban,
desnudos los aceros
¡Y, atónita al sentirlos, la montaña
bajó la frente y desgarró su entraña!

¿Dónde van? ¿Dónde van? Dios los empuja,
amor de Patria y libertad los guía,
donde más fuerte la tormenta ruja,
donde la onda bravía
más ruda azote el piélago profundo
¡Van a morir o libertar un mundo!

III
Pensativo, a su frente, cual si fuera
en muda discusión con el destino,
iba el héroe inmortal que en la ribera
del gran río argentino
al león hispano asió de la melena
¡Y lo arrastró por la sangrienta arena!

El cóndor lo miró, voló del Ande
a la cresta más alta, repitiendo
con estridente grito: "¡Este es el grande!".
Y San Martín, oyendo,
cual si fuera el presagio de la historia,
Dijo a su vez: "¡Mirad! ¡Esa es mi gloria!".













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