sábado, 26 de octubre de 2013

LA DESFIGURADA


LA DESFIGURADA

Rosa Clotilde Sabattini
(1918-1978)

Por Malena Rey

Ni su padre ni su esposo, dos hombres con personalidades fuertes, interfirieron en el desarrollo de su profesión, pero de alguna forma moldearon indefectiblemente su destino: Clotilde Sabattini no supo conjugar su vocación con las necesidades de su familia y terminó siendo víctima de su propio entorno.

Esta rosarina, hija de Amadeo Sabattini, líder legendario del radicalismo afincado en Villa María, llevaba el nombre de su madre y de su abuela paterna. Luego de graduarse de maestra normal, viajó a Buenos Aires, donde se licenció en historia en la UBA. A los 17 años se casó en secreto con Raúl Baron Biza, viudo, millonario y excéntrico terrateniente cordobés 20 años mayor, íntimo amigo de su padre y también radical, lo que significó el fin de esa amistad. Becada para profundizar sus estudios en pedagogía, la joven Clotilde viajó a Suiza y otros países de Europa. A su regreso, siguió creciendo en su profesión: participó del Primer Congreso Nacional de la Mujer Radical y asistió a la creación del Liceo de estudios secundarios de La Plata, donde dictó cursos de historia y literatura. También tuvo tres hijos con Raúl: Carlos, Jorge y María Cristina.

Pero los vaivenes políticos y sociales con Perón al poder hicieron optar por el exilio a este matrimonio marcadamente antiperonista, primero a Montevideo y luego a Europa, de donde regresaron recién en 1948. Las crisis de la pareja no tardaron en aparecer y sacudieron la tranquilidad doméstica con un episodio violento y confuso entre Baron Biza y su suegro, con balaceras y arrestos incluidos. Desde el ’48 al ’55 Clotilde y Raúl fueron y vinieron, con encuentros y desencuentros, hasta que ella, apoyando a Frondizi, recibió el cargo de presidenta del Consejo Nacional de Educación y se dedicó de lleno a su profesión, convirtiéndose en una referente fuerte en ese campo y promoviendo políticas pedagógicas (redactó, por ejemplo, el primer Estatuto Docente).

1964 fue un año bisagra para Clotilde, ese que transformaría su vida para siempre. La relación con Raúl había llegado a un punto sin retorno. La última carta que él le escribió lo demuestra: “Coty: Cada día que pasa continuamos arrancándonos un pedazo de carne. Es increíble confirmar que seres que se han amado como nosotros, puedan llegar a odiarse tanto”. La referencia a la carne da escalofríos si la leemos retrospectivamente, porque los hechos sucedieron así: el 16 de agosto de 1964, en el departamento que la pareja tenía en Buenos Aires, se dieron cita Raúl y Clotilde junto a sus abogados para definir el acuerdo económico del divorcio. Luego de acaloradas discusiones, Raúl sirvió unos vasos de whisky. Pero en el momento de entregarle el suyo a la que todavía era su mujer, en una maniobra maestra, la sorprendió echándole el contenido en la cara. No era whisky lo que contenía sino ácido muriático: el rostro de Clotilde comenzó a descomponerse y entre gritos desgarradores fue llevada de urgencia al hospital. Lo que sigue es una historia macabra para la familia. Raúl fue encontrado muerto con un disparo en la sien y Clotilde nunca se repuso de la depresión causada por su rostro monstruoso, al que intentó reconstruir sin éxito con muchas operaciones en el extranjero. Desesperada y desfigurada, se suicidó en 1978 arrojándose por la ventana del mismo departamento del ataque. Su hijo Jorge escribió una excelente novela sobre su familia, El desierto y su semilla, que comienza cuando las primeras gotas de ácido tocaron el rostro de su madre. En vez de Clotilde y Raúl, los llamó Eligia y Arón, y la primera página dice así: “La cara ingenuamente sensual de Eligia empezó a despedirse de sus formas y colores. Por debajo de los rasgos originarios se generaba una nueva sustancia: no una cara sin sexo, como hubiera querido Arón, sino una nueva realidad, apartada del mandato de parecerse a una cara”.



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