lunes, 26 de agosto de 2013

FRAY MOCHO

                                                   

José Seferino Álvarez nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, en 1858. Más conocido como Fray Mocho  (por su carácter frontal y bondadoso y porque tenía un hombro más alto que el otro, lo que lo hacía caminar medio ladeado),  es el primer escritor profesional de la Argentina.  Llegó a ser contemporáneo de Mitre y Sarmiento y escribió ensayos sobre los escritores más representativos de la época, como Quiroga  e Ingenieros. Gaucho entrerriano,  aprendiz en “Los campos floridos”  -una estancia de Gualeguaychú- hasta los doce años, Álvarez representa al narrador oral por antonomasia.  De hecho, sus cuentos se destacan por el vívido cuadro de costumbres del 900’ y por la reproducción del habla popular a través de diálogos, que leídos hoy todavía suenan naturales y espontáneos.  Fue  expulsado del histórico Colegio Nacional de Concepción del Uruguay donde sus padres lo habían enviado para finalizar sus estudios secundarios (que no concluyó),  por una revuelta contra el Director. A los 21 años se instala en la Capital Federal y se transforma en periodista,  al principio  reportero y luego  cronista policial, germinales de “Memorias de un vigilante”, uno de sus primeros libros importantes. Su obra puede situarse dentro del realismo criollo junto a la de Roberto Payró (sobre quien también escribió ensayos),  derivada del naturalismo francés.  Hay una influencia innegable del registro periodístico en sus narraciones, al menos en cuanto a la simplicidad del lenguaje y al hecho de  ajustarse estrictamente a la historia.  Viaje al país de los Matreros es una de sus obras más trascendentes.  Verdadera colección de viñetas populares, describe con precisión diversas zonas de nuestra región y hay retratos admirables, realizados por ño Ciriaco y el Aguará,  dos personajes que a la manera de Virgilio con el Dante,  conducen al narrador  -observador testigo-, por cada una de las historias o leyendas de fogón que el lector va descubriendo simultáneamente. Este procedimiento sumado a la “visualidad” propia del estilo de Fray Mocho nos retrotrae a esa época del culto al coraje (tan propio del criollo), a esas vidas, a esas historias y nos parece estar entre los pajonales, las flores de ceibo o los bañados,  en compañía de los diversos animales del campo o del monte,  que el texto va nombrando,   presenciando una carneada,  escuchando relatos de fugitivos perseguidos, constatando ya entonces la pobreza del interior  enfrentada a la riqueza y oportunidades de la Capital.  Fray Mocho nunca perdió el sentido del humor y ese tono aparece frecuentemente en las viñetas,  muchas veces bajo la forma de dichos o refranes, como por ejemplo: “tiene más grasa que chaquetón de gallego”, “Dios lo guarde del agua mansa”; “aquí soy el aguará solitario, allá soy el loro barranquero”. Para este rescate, también seleccionamos textos de su primer libro, escrito en 1885, “Esmeraldas”, llamado así por el color erótico de sus narraciones; aunque leídas hoy resulten naif,  no dejan de cuestionar, a través de un erotismo desprejuiciado ciertos valores e hipocresías que en algunos casos siguen vigentes. Además están muy bien escritas, son verdaderamente “picantes”, aún dentro de su inocencia, o, justamente, por su candor. Fue el creador de la célebre revista “Caras y Caretas”, donde aparecieron por primera vez célebres caricaturas de políticos y personajes de la “farándula” y todavía hoy se la sigue editando con ese mismo nombre.  No he ofendido a nadie ni a nada, porque no quise dañar y porque tengo un corazón puro (testamentó Fray Mocho en la primera edición de En El Mar Austral (Crónica del sur sin haber viajado nunca al sur, a partir de relatos de marineros, contiene algunas de las descripciones más valoradas por la crítica, publicada fragmentariamente en  http://www.tierradelfuego.org.ar/museo/mar-austral.htm).  Y poco antes de su muerte le expresó a su mujer: Yo soy duro como el ñandubay de nuestra tierra.  No me entra el hacha así nomás….Muero peleando…Mirá, m'hija, hay que jugarle risa a la vida.  Le faltaban tres días para cumplir los cuarenta y cinco años, cuando  falleció en Buenos Aires, el 23 de agosto de 1903.

  

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