lunes, 20 de mayo de 2013

VELMIRO AYALA GAUNA



VELMIRO AYALA GAUNA
Por Luján Carranza
  Cuando nos abocamos a la tarea de conformar la personalidad de un escritor, historiador, maestro y periodista, en este caso, la de Velmiro Ayala Gauna, sentimos el imperativo de buscarlo desde su niñez, porque toda la obra del hombre está enraizada con esos primeros años, con el clima del hogar paterno, con la esencia humana de sus padres y sus hermanos. No queremos que el lector lo tome únicamente desde uno de sus ángulos, sino que lo abarque en la extensión de su vida plena.  Encontramos a Ayala Gauna como el último vástago de una familia numerosa, con un padre patriarcal, don Ramón ernesto, y una madre tierna, espiritual y fuerte, como lo fue doña Victorina Figueroa. No era una familia de potentados, pero sí con un buen pasar y los hijos del matrimonio: Ulderico, Rufino, Nélida, Ramón, Ernestina y Velmiro, gozaban de la calidez de un hogar bien constituido, donde el año y el respeto señalaban pautas valederas.  La familia vivía en la provincia de Corrientes, en la ciudad capital del mismo nombre y allí nació Velmiro un 22 de marzo de 1905. El niño apuntó con características singulares para aquella época. Le gustaba mucho leer y aprendió cuando otros niños de su edad ni siquiera soñaban con hacerlo. Era de carácter retraído, mas no hosco ni introvertido y buscaba los lugares tranquilos de la casa para sus lecturas. Y todo papel escrito que cayera en sus manos era prácticamente devorado en su afán de aprehender eso maravilloso y que sería en su vida una constante: la lectura y su significado, la cultura.  Dijimos carácter retraído y sin embargo lo más justo sería decir "encapullado en sus propios sueños", en el mundo de una imaginación en constante trabajo evolutivo. Así fueron pasando sus primeros años y Velmiro no desmintió nunca esa apetencia de saber que lo distinguiera desde pequeño.  Ingresó al magisterio, luego de un ciclo primario sin sobresaltos, y allí, en la Escuela Normal Nacional de Profesores, de Corrientes, recibe su título de maestro, a los 19 años. Esa corta pero vibrante trayectoria estudiantil ha despertado en él un sentido austero de la responsabilidad que le cabe como argentino y correntino, que, para el joven maestro, es como ser dos veces argentino.  Su sentido de la justicia, su amor a la verdad, le llevan a actitudes valientes aunque no siempre justas, porque como todos sabemos, el ardor de la juventud y la falta de experiencia, llevan, arranstran, a actitudes quijotescas y desubicadas. Velmiro Ayala Gauna, con la autenticidad de su carácter y la firmeza de su temperamento, expresa ardientes críticas en un acto de la Escuela Normal. El rector, en lugar de las amonestaciones y justas, entiende que hay en el muchacho principios muy respetables y que el fogoso orador marchará mejor con el razonamiento y el diálogo que con el castigo. Dialogan como padre e hijo hasta cubrir el incidente y esta actitud de su maestro deja en Ayala Gauna huellas imborrables. A lo largo de su vida docente, siempre prefirió el diálogo al castigo, el razonamiento a la aplicación fría de los reglamentos.  El escritor, el pionero de la cultura ya asoma en su adolescencia, creando revistas escolares, donde la poesía, el cuento, las leyendas y los temas patrióticos, llevan la preferencia del autor. La oratoria lo seduce y por consiguiente no hay fiesta o memoración que no lo cuente como un digno exponente de la juventud correntina.  Mientras tanto, en el hogar, los sucesos propios de los hombres, golpean a sus integrantes. Muere Nélida Ayala Gauna, por quien Velmiro sentía una particular inclinación y la desaparición de esa hermana deja en su espíritu una tan honda que no se borrará nunca. Para Nélida serán sus poesías más sentidas. También pierde a otro hermano, Ramón, cuando apenas contaba cinco años; en cambio Nélida muere a los diecisiete años, entre una adolescencia y una juventud radiante y entonces la muerte produce quiebras emocionales, deja sombras más angustiosas.  La palabra escrita sigue obsesionando a Velmiro Ayala Gauna y en 1925 funda en Chañar Ladeado la primera revista literaria de la localidad, fomentando además el enriquecimiento de la biblioteca local. El 12 de enero de 1926 es llamado a las filas del Ejército para el servicio militar obligatorio, que cumple en el Distrito Militar Nº 27 de Corrientes, saliendo al año siguiente con la calificación de "sobresaliente" y las felicitaciones de sus superiores.  Ejerce como maestro y en Rufino es uno de los fundadores de la Escuela Nocturna, trabajando en caracter "ad honorem" y luego también contribuye a la fundación del Instituto de Enseñanza Secundaria, transformado hoy en Colegio Nacional. En junio de 1930 es trasladado a Rosario, donde cumplurá, hasta su muerte, una intensa labor como maestro, periodista y escritor. Con sólo 25 años, Velmiro Ayala Gauna ya ha cumplido, en muchos aspectos, fundamentales aspiraciones. Todo en él está dirigido hacia la concreción de aquel fervoroso anhelo de Sarmiento: educar al soberano.  No otra cosa que la educación del pueblo, posibilitar su acceso a las fuentes de la cultura, crear centros de estudios, es su preocupación constante. En Rosario dicta cursos de capacitación para obreros y estudiantes en bibliotecas y Universidades Populares. Su afán progresista y su generosidad innata le llevan a fundar la Universidad Popular de la Zona Sur y la dirige hasta el año 1948.  Simultáneamente trabaja en la Sociedad Unión del Magisterio y en la Federación Provincial del Magisterio. Se inscribe en el profesorado de inglés y en 1940 obtiene su título.  A todo esto, en el ámbito familiar de los Ayala Gauna se han producido cambios y algunos situaciones insolubles. Nuestro escritor va de sacrificio en sacrificio, teniendo a su cargo una familia numerosa: Doña Victorina, su madre, una sobrina, más cinco niños hijos de un hermano y que, en un momento dado, quedan a su cargo. Es cabeza de familia y todos se apoyan materialmente en el maestro que, con su magro sueldo y las lecciones particulares puede sobrellevar tan difícil situación, siempre alentado por esa pasión indeclinable por el magisterio y la cultura.  Juega un gran papel, en estas circunstancias, el temple de la madre, doña Victorina que, cuando ve a su hijo desfalleciente, saca a relucir ese coraje de la mujer correntina y lo impulsa a seguir adelante. Es que ella está consciente de que un abandono puede significar el derrumbe, la frustración total de ese hijo tan dotado para la enseñanza, como dúctil para todo aprendizaje. Doña Victorina es el puntal afectuoso donde el hijo descansa cuando las fuerzas pareden decaer.  Ya con su título de profesor de inglés, gana por concurso un puesto en el Rosario English School (hoy Colegio San Bartolomé),  y dirige por LT8 Radio Rosario la audición Sendas de la Patria, la primera en esta ciudad de orientación folklórica, de profundo sentido argentinista. Y aún con todo esto se ha dado tiempo para investigar y recopilar datos. De sus conocimientos e idagaciones sale su primer libro: La selva y su hombre. Estamos ya en 1944.  La vida de Velmiro Ayala Gauna ha sido intensa, su trabajo duro e ininterrumpido y sus sueños cada vez más amplios y generosos. Pero, aunque la presencia del libro anuncia ya al escritor, es su función de maestro la que le lleva todos sus afanes. En 1948, por sugestión de un amigo, el General Angel Solari, se presenta a concurso en el recién creado Liceo Militar General Belgrano, y gana holgadamente las cátedras de profesor de inglés.  Destaquemos que aquí también estuvo su ojo visionario y contribuyó a la fundación del Liceo y por lo tanto y en justicia le corresponde el título de profesor fundador.  Ya estamos en 1949 y Ayala Gauna gana por concurso y antecedentes el cargo de sub-Regente del Liceo y posteriormente asciende a Regente con el máximo puntaje en concepto y capacidad. Su tarea de escritor es constante y así concreta en 1950 su nuevo libro: Litoral, y dos años más tarde -en 1952- dos libros más, Cuentos Correntinos y Rivadavia y su tiempo, un ensayo que los investigadores de nuestro pasado consultan, los historiadores respetan y los críticos no olvidan.  Corría el año 1953 cuando, por un desencuentro ideológico con algunos compañeros de cátedra y algunos superiores, decide jubilarse como Regente en el Liceo "General Belgrano". Es que Velmiro Ayala Gauna ha sido un argentino muy firme en sus ideas y capaz de llevar a situaciones límites su concepto de la verdad. Respetando pero exigiendo respeto. En ese mismo año se instala con su familia en Rosario y se casa con Enriqueta Ayala Gauna.  Hasta el momento de jubilarse en la provincia, trabajo como adjunto en la Asesoría Técnica del Ministerio de Educación. Forma parte de la Comisión de Canto y Danza que introduce el canto y el baile folklórico obligatorio en la enseñanza primaria. Un año más tarde entra como profesor en el Colegio San José, de Rosario, y se retira nueve años después, porque su salud ya no le permite ningún desgaste.  En 1959 ha entrado como docente en el Instituto Superior del Profesorado de Cruz Alta (Córdoba), llegando a ser Director de Estudios en las dos ramas, Filosofía y Letras, y profesorado comercial, tarea que lleva adelante hasta su muerte. También en este Instituto fue elegido como Asesor, por sus relevantes condiciones morales e intelectuales y por ese profundo amor que sintió desde niño por la carrera de maestro, amor que fue por vocación, llama permanente en su corazón enamorado de la patria, de su hombre, de su destino americano.  Si bien en 1944, cuando aparece su primer libro, La selva y su hombre, el que debemos señalar cronológicamente como la aparición del escritor, su nacimiento oficial a las letras, no debemos olvidar que Velmiro Ayala Gauna es aún un niño cuando el cuento y la leyenda se incorporan a su sangre, con los que ha de recorrer durante su vida infinitos periplos de incesante indagación, búsqueda incesante de motivaciones y causas. Y fue su padre, don Ramón Ernesto, el que nutrió la imaginación del niño con cuentos y leyendas, una comunicación, un trasvase, que encontró en el hijo el recipiente ideal.  Repetimos que si nos ajustamos a una cronología señalaremos el año 1944 como el comienzo de una actividad literaria, que deja un hueco de seis años -colmados por su actividad de maestro- antes de dar a la publicidad Litoral en 1950. En 1952 aparecen sus Cuentos Correntinos que merecen reiteradas ediciones. Contrariamente a otros escritores que deben esperar a que la posteridad les reconozca valores y méritos, Velmiro Ayala Gauna va recogiendo a lo largo de su fecunda y sacrificada vida, los halagos y las distinciones.  En 1955 su ensayo Rivadavia y su tiempo, gana el segundo lugar en el concurso organizado por el Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe. Con el poema Canto a la Argentina, el segundo premio en los Juegos Florales de la fundación de Sunchales (Sta. Fe). Se le adjudica el premio Mesopotamia, que otorga la Comisión Nacional de Cultura a su libro Cuentos Correntinos y el premio Estímulo del Fondo Nacional de las Artes a su obra Don Frutos Gómez, el Comisario. Otro importante galardón con el Premio Municipal de Rosario, "Legado Manuel Musto", en 1953 con su obra La semilla y el árbol.  Quizá el secreto de estos triunfos esté en su pasión de escritor. Es su amor por la tierra, por el hombre, por Corrientes, por su país. Lo cierto es que Velmiro Ayala Gauna es un sembrador por excelencia a quien Dios permite que goce de los beneficios de su siembra, quizá porque el él no tuvo jamás en su pensamiento la idea de lucrar con su pasión de maestro y escritor. Los que lo conocimos podemos dar fe de su intensa preocupación por la enseñanza, que no se traducía únicamente en el cumplimiento generoso de sus clases y sus cátedras, sino que su apostolado se proyectaba a toda hora y en todo momento hacia quienes necesitaban una explicación, un apoyo, una ayuda. Su palabra cordial, serena y justa, así como sus propios libros, estuvieron siempre a disposición de quien los requiriera.
  El estudiante fue su básica preocupación y de La hora escolar, que transmitía en 1942 por una radio de Rosario, extraemos algunos párrafos de su trabajo: "Lecturas para niños". Entiende Ayala Gauna que al niño no hay que entristecerle con cuentos dramáticos.  "Padres, educadores, escritores, tienen el deber de conservar a sus niños en el mundo de ilusión, de alejar en lo posible el contacto con las cosas malas de la vida. Un niño triste es un crimen de la humanidad, y de ese crimen todos nosotros somos culpables. Algunos más activamente que otros pero pocos están exentos de culpa".  Se muestra reacio a modificar los esquemas que proponen algunos, en el sentido de que al niño hay que enfrentarlo desde pequeño con la realidad de la vida y de las cosas.  Narra una experiencia que vivió siendo maestro, cuando sus alumnos se estremecían ante los sufrimientos de un personaje llamado Garrón que regresa a la escuela luego de la muerte de su madre. El cuento describía con pormenores actitudes y sentimientos y Velmiro Ayala Gauna sentía que estaba traicionando a esos niños al robarle, aún por delegación de otro escritor, la alegría y el gozo natural de esa edad. Y en otra oportunidad en que el maestro lee a los niños el cuento "El enfermero de Chacho", es tal la pena de los niños que el escritor cuenta:  "Al terminar, fue tanta la pena que vi en sus rostros que me sentí avergonzado de haber borrado de sus caras las sonrisas y de haberles proporcionado un momento de sufrimiento que no merecían. Para aliviar en algo su angustia (la de los niños y suponemos que más la del maestro) me di a la tarea de narrarles un cuento descabellado" . . .  Poco habría de contar a un imaginativo como Velmiro Ayala Gauna tramar un cuento para alegrar a sus alumnos. Así como un mago saca de su galera un conejo, él saca un personaje, muy travieso, que por robar higos trepa a una cerca, da un traspiés, cae sobre el lomo de un cerdo. El cerdo gruñe, dispara con su ocasional jinete y en su carrera lleva por delante a un pintor que cae a una barrica de cal y sale al campo como un fantasma, asusta a un granjero y . . . así hasta que los niños no daban más de la risa. Por varios días la narración sirvió para alimentar la alegría del alumnado.  "Así, sin querer -dice Ayala Gauna- me enseñaron los niños cuál debería ser la verdadera función del educador y del escritor para niños. Dar alegría, dar a la infancia y a la adolescencia campo libre para su imaginación, para su optimismo."  Como maestro creemos que cumplió como un apóstol. No hubo sacrificio que le pareciera demasiado para seguir adelante con la enseñanza, ya en encuelas primarias, secundarias, liceos, institutos. Tuvo que luchar con la incomprensión y la envidia de muchos y su espíritu progresista se resistía a seguir el camino trillado. Respetaba la tradición, pero entendía que los pueblos llegaban a su grandeza por medio del estudio consciente del tiempo que les tocaba vivir. Humanizó la función del maestro y nunca subió a un pedestal que lo elejara del diálogo y la comprensión de sus alumnos. Durante 20 años utilizó la radio como vehículo, medio ideal para llegar con sus ideas en favor de la enseñanza de los cambios, de la evolución. Exaltó la argentinidad y condenó las ideologías foráneas contrarias al sentimiento nacional.  Dos años antes de morir propone a la Comisión Municipal de la Semana de la Bandera, la confección, por parte de un núcleo de damas rosarinas, de una bandera para que sea enarbolada en Las Malvinas, cuando éstas pasen a sus legítimos dueños, tal como lo hiciera Catalina Echevarría con la bandera que Belgrano enarboló en las barrancas de Rosario. Queremos destacar esta actitud que nos señala fehacientemente que Velmiro Ayala Gauna era hombre de progreso, pero en ningún momento olvidaba los valores históricos y tradicionales que nos sirven de sustentación. La patria era para él, algo más que una palabra armoniosa. Era una memoria, una responsabilidad asumida con orgullo, una jornada de luz, un cielo profundo, una ala de misterio y solemnidad.
  En largas charlas con Velmiro Ayala Gauna, éste me hacía notar que, justamente, lo que había sido en su vida su gran pasión, la enseñanza, nunca se mencionara sino como una labor lateral a su función de escritor, cuando en realidad él era maestro antes que otra cosa, aunque también sus libros se llevaran con ellos afanes, autenticidad, preocupación. Es por eso que hemos insistido en destacar lo que para él fue la parte más substancial de su quehacer y si los lectores que lo han seguido en su trayectoria son importantes, más lo son los alumnos que a lo largo de su vida formó con especial dedicación.  No fue un mero desovillador de programas, sino un formador de conciencias, un agudo observador de los problemas infantiles y adolescentes, un indagador de las motivaciones de la juventud, un asesor lúcido que sabía escuchar y opinar.  Sus enseñanzas fueron fecundas porque sus principios resplandecían de claridad y de verdad. Fue tenaz en golpear con insistencia la dura corteza de la ignorancia y la indiferencia, para dejar una señal que indicara que la gracia más pura le viene al hombre por el saber y por el aprovechar lo que sabe. Que la inteligencia se cultiva y ese cultivo no es un lujo sino una necesidad.  Velmiro Ayala Gauna, como maestro, tenía su particular itinerario del que no se apartaba sino para compartirlo con sus libros y sus investigaciones folklóricas e históricas. Nunca palpó antagonismos generacionales porque su amplitud de criterio le hizo accesible a los problemas más nuevos o más viejos. El magisterio fue su atmósfera y vivió siempre atento a sus lineamientos y cambios. El secreto decisivo de su éxito como orientador cultural hay que buscarlo en su pasión de maestro, porque él lo fue hasta el fondo de sí mismo.  Nunca desmintió el valor absoluto de su idea. Fue observando los cambios que se producían en la sociedad y por extensión en la enseñanza, en las costumbres, en las modalidades, pero se mantuvo firme, sin declinar, en los fundamentos de su actitud pedagógica, tratando de condicionar la realidad al estilo general de las  nuevas filosofías. No se acogía a nostalgias porque su espíritu alerta marchaba a la par de los acontecimientos, sin descuidar que éstos, no fueran a erosionar los fundamentos que consideraba de apoyo indiscutible. La fundación de escuelas o centros de enseñanza fue en su vida una motivación sincera y así es que ayuda a fundar una escuela secundaria en el Centro Español Republicano, iniciativa que contó con muchos entusiasmos efímeros, que se evaporaron ni bien surgieron las primeras dificultades. Únicamente los que como Velmiro Ayala Gauna llevan un espíritu misionero en su vocación de maestros puededn tener el sentido de sacrificio que estas empresas requieren. Además de la serenidad y la paciencia de saber esperar a que estas siembras fructifiquen.  Fue un ardiente defensor de los derechos de los maestros y su voz altiva se hacía oír cuando la ocasión cuadraba. Así fue como en una oportunidad en que había asumido la defensa de un derecho magisteril vulnerado, se le castigó con un traslado a una escuela de menor categoría, la escuela Nº 94, donde estuvo un año, que aprovechó para dejar la semilla de su inquietud por el alumnado, por lo cambios, por todo lo que no fuera estancamiento.  Este aspecto de su personalidad es el que gravita para que día a día se le reconozcan los méritos a que fue acreedor durante su magisterio, que como vamos observando no se limitó únicamente al alumno sino que abarcó maestros, programas, locales y toda iniciativa que redundara en beneficio del magisterio integral.
El hombre, el maestro, el escritor.
  Si Velmiro Ayala Gauna hizo de su vida un magisterio, brindándose sin retaceos y con profundos conocimientos a la enseñanza, no menos proficua es su labor de escritor. Escribió como vivió, apasionadamente. No hay nada epidérmico en su literatura, se trate de investigaciones, historia o fabulación. A su visión íntima, constante, intrínseca, se une la otra visión también importante, la "visión extrínseca". Sus temas fueron vistos desde adentro y desde afuera, por eso son completos, seguros, espontáneos y meditados a la vez. Gran lector, lector selectivo, su juicio crítico tenía el valor de una sentencia y no perdía ocasión para trabar conocimiento con los valores que surgían o con aquellos que, aún valiosos, permanecían poco menos que ignorados.  ¿Puede con justicia calificársele de erudito? Así, aisladamente, no, Es estudioso (docto), es sabio (porque gusta de la variedad de lecturas, noticias, etc.). Reúne en él condiciones muy estimables que el tiempo va ajuntando a los ámbitos que merece. Averigua, lee, ordena y aprende. Asimila. Una labor de decantación no muy frecuente. No olvidemos que "asimilar" es transformar, perder la substancia y la forma para ser parte de otra substancia y otra forma, pero nada tiene que ver con la imitación. Velmiro Ayala Gauna es un escritor original, espontáneo y seguro. Acerca de la espontaneidad de sus escritos solía manifestar que poco le gustaba "pulir", pues entendía que así le restaba a lo suyo calor, que quizá la prosa quedara mejor, pero él la sentía fría, sumamente pulida. Por otra parte, y ya nosotros en función de críticos, estimamos que su soltura narrativa no requería mayores ajustes.  Muchas veces las circunstancias le obligaban a una reconsideración de sus preferencias, pero los escritos mantenían su estructura, limitándose los cambios a una purificación estilística.  Tan generoso como fue con sus alumnos y con todo aquel que necesitase aprender, así lo fue con los que sentían el llamado de las letras. Su apoyo fue incondicional y muchas horas robó a su descanso para corregir trabajos incipientes de gente con inquietudes literarias. Su juicio fue siempre justo no desanimando a nadie, porque entendía que el escritor tiene una obligación que va más allá de escribir únicamente y es la de compartir sus conocimientos con los que están más desamparados.  Estaba consciente de su responsabilidad y el maestro asomaba su rostro en cualquiera de sus actividades. Velmiro Ayala Gauna entendía como Ortega y Gasset que "la cultura en su mejor sentido significa creación de lo que está por hacer y no adoración de la obra una vez hecha".Él ayudó siempre a esa creación y no son pocos los escritores conocidos que, en su momento, recibieron de él apoyo, estímulo y especialmente una amistad sin retaceos.  Nada en él era puramente externo sino que nacía de la profundidad de su concepto de vida. Desde el ángulo de su carácter definido, todo adquiría un valor, un justo sentido, compatible con su actitud franca, con su temperamento activo. La literatura le producía un goce intenso y cuando creaba como cuando investigaba, se articulaba el hombre con el escritor para dar la suma de un espíritu altamente capacitado para la disciplina.  De ahí que sus libros sigan contando -y cada día más- con la aceptación fervorosa de los lectores. Corrientes y su zona le ocupan por entero en el plano narrativo. "Escritor regionalista", se le ha dicho, y él lo aceptaba con orgullo. Fue un cuentista nato, por ser esta forma expresiva la que más se ajustaba a su temperamento y al carácter de su temática. Sus cuentos son circulares, completos, ciñéndose a lo que expresara Horacio Quiroga al respecto: "una sola línea, trazada por una mano sin temblor desde el principio al fin. Ningún obstáculo, ningún adorno o disgresión. Una flecha que cuidadosamente apuntada parte del arco para ir a dar directamente en el blanco".  Velmiro Ayala Gauna tampoco permitió que "las mariposas se posaran sobre la flecha para adornar su vuelo" y sus cuentos tienen la rotundez de la seguridad. Carlos Mastrángelo, en un severo enjuiciamiento que le hace a Ayala Gauna, juicio más vehemente que justo, reconoce las aptitudes excepcionales del correntino y dice: "Ayala Gauna posee casi todas las condiciones instintivas y técnicas del perfecto cuentista. Su vigor, su agilidad y su dramatismo nos recuerdan a aquel maestro a quien nadie puede quitarle su puesto entre los grandes: Horacio Quiroga".  Aún con todos los reparos, Mastrángelo reconoce honestamente en su ensayo, las perfecciones literarias de Ayala Gauna para el género. Nos importan menos las comparaciones, que rara vez consiguen ser equilibradas, que el reconocimiento de un ensayista serio y responsable como Mastrángelo, al estimar las condiciones del escritor que analiza.  Velmiro Ayala Gauna escribe como siente y siente como correntino y argentino. Siente con todo. Por eso no notamos morosidad ni esfuerzo en llegar a la plenitud de la idea. Todo el contorno y el entorno, el hombre y su estadio geográfico son compatibles con su modo de sentir, con su idealismo trascendente. No se esfuerza por retener la atención del lector, sino que este queda adherido a la magia narrativa.  Hemos enfatizado con respecto al escritor cuentista, pero ¿no es Leandro Montes una novela? Como el escritor lo dijera en una oportunidad, este libro no es sino la fusión de tres cuentos. No nació con estructura novelada, porque como lo señaláramos anteriormente, Ayala Gauna es cuentista por excelencia.  Literatura costumbrista la suya, nacida de su sentido nacional. Pero esa postura nacional tiene una raíz valorativa que parte de lo regional. Como lo expresara en muchas oportunidades "del amor a la Patria Chica debe nacer el amor a la Patria Grande". Ese concepto resplandece sobre su obra, determina su carácter, sazona su inquietud y bajo ese impulso su destino de escritor concreta un sentido regional y nacional. Mensura los predios y va descubriendo las napas, las vertientes, los ríos que alimentarán su imaginación de fabulista. Toma la realidad y la vierte como quien pinta un paisaje, poniendo en ello la vida con una carnadura vital, que sobrevive a toda contingencia.  La obra literaria de Velmiro Ayala Gauna reconoce matices en su trayectoria, lógica circunstancia en un hombre de tan vasta labor. Pero aunque puedan señalarse algunas diferencias, siempre es la región y su hombre, el paisaje, la naturaleza, el centro de su interés. Quizá encontremos alguna otra faceta cuando sus libros inéditos se publiquen, entre ellos, tres novelas: Sexo, Congreso en las acacias y La espalda y un volúmen de cuentos titulado: Cuentos para un fin de semana.  Tal vez entonces contemos con elementos como para juzgar al cuentista en otro género: la novela, porque cuatro volúmenes son más que suficientes como para abrir un juicio valorativo.  La poesía le atrajo desde niño y sus primeras expresiones fueron poéticas y nada mejor que esa exigencia estilística para enriquecer sus conocimientos y cultivarse como las plantas, en sus dos polos vegetativos, creciendo en sentido opuesto, hacia el centro de sí mismo y hacia el infinito. También existe un volúmen poético inédito: Palabras ... sólo palabras.
Velmiro Ayala Gauna, periodista.
  Esta disciplina la ejercitó durante su vida con todo el ardor de sus actitudes. Cifró en el periodismo, como comunicación masiva, las más fundadas esperanzas de llegar a mayor cantidad de personas receptoras de sus ideas argentinistas y evolucionadas. Para los que estiman que el periodismo mata al escritor, el ejemplo de Ayala Gauna es bien ejemplarizante. En lugar de anularlo le dio soltura, síntesis, amenidad y contribuyó a agilizar su modo expresivo y a fortalecer la propiedad del lenguaje.  Más que el periodismo escrito, en el cual colaboró asiduamente, fue el periodismo radial su fuerte. Durante años desarrolló sin interrupción ciclos especializados como: "Comentarios de actualidad", "De sábado a sábado", "Esta vida que pasa", "Piense usted que yo..."etcétera.  Se dió tiempo para hacer la adaptación para la película Alto Paraná, basada en un libro suyo, como también la de Don Frutos Gómez, Comisario que llevaran al cine, la televisión y la radio.
  Murió el 29 de mayo de 1967. Y si nos hemos detenido en la reseña de su personalidad, en algunos aspectos que pueden parecer prescindibles, es porque tenemos la seguridad de que vidas como la de Ayala Gauna, deben ser conocidas hasta en sus matices, porque son ejemplo vivo de lo que puede la voluntad de un hombre cuando la pone al servicio de las altas exigencias del espíritu.  Porque la generosidad no es planta que se prodigue es que señalamos la de Velmiro Ayala Gauna. Vivió para los otros más que para sí mismo. Lo dio todo sin adherencias subalternas. Así como fue un hombre cabal, un maestro apostólico, un literato inspirado, un periodista honesto, un amigo insustituible, fue por sobre todas las cosas un argentino vivencial, un correntino ejemplar. Su sentimiento abarcó vastísimos territorios. Ordenó su universo de acuerdo con su herencia familiar y su particular punto de vista y su vida fue afinada y pulida hasta dotarla de un sentido preciso y constante. Como toda vida intensamente vivida, tiene sombras y luces, pero éstas son tan resplandecientes que aquéllas no sirven sino para que se destaquen. Raíz y esencia naturalmente altruísta la suya y por ello centramos el enfoque en su totalidad vital, con su contenido determinado, con una valoración liberada de servilismo, puesta de pié únicamente para hacer justicia a un hombre.

FUENTE: www.pampagringa.com.ar 

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