lunes, 22 de abril de 2013

ANIVERSARIO DE LA CIUDAD DE SANTA ROSA


   





                                                                                                   
Al empezar el año 1883, el coronel Remigio Gil decidió poner en marcha un establecimiento ganadero en las tierras que le habían sido adjudicadas. Designó administrador del mismo a su suegro don Tomás Mason , hombre dinámico, emprendedor, optimista y con gran visión de futuro; características que lo llevaron a trabajar sin descanso en el predio que se le había confíado. En sus recorridas por el campo al trote de un soberbio alazán y en sus viajes en "canasta" hasta Bragado para tomar el tren que lo llevara a Buenos Aires, lentamente iba madurando un audaz proyecto: crear un pueblo a instancias de una solicitud hecha por el gobernador del territorio Doctor José Luro.
Esta idea iba tomando cuerpo, especialmente en los momentos de descanso, cuando a la sombra de uno de los tantos caldenes de “La Malvina”, soñaba con su pueblo. El primer habitante de su pueblo, fue un forastero, que camino a Toay, se encontró con Mason y este lo invitó a quedarse, le habló de su proyecto, le ofreció un terreno junto a la tranquera para que levantara su vivienda y le brindó su amistad. El recién llegado era León Safontás, un francés de 26 años de edad que viajaba en sulky, trayendo como equipaje su ropa, un tratado de matemáticas, otro de gramática, otro de contabilidad y su inseparable Biblia. Don Tomás regresó contento a la estancia: su proyecto empezaba a cristalizar. Ya tenía su pueblo, su primer habitante. Así hizo con los que llegaban para seguir hasta Toay, los invitaba a quedarse... y fueron muchos los que se quedaron. Entre ellos familias como los Monnier, Bousquet, Lacheral, Gerín, Merello y Roux. Una clara y templada mañana de octubre llegó hasta donde estaba su amigo Safontás y le dijo: “Voy a gestionar oficialmente la fundación del pueblo” y viajó para Buenos Aires. Siguieron pasando los meses y siguieron llegando nuevos habitantes, casi todos franceses y procedentes en su mayoría de Trenque Lauquén. Y al final llegó el tan soñado y ansiado día, el de la fundación, el 22 de abril de 1892. Día de júbilo para la pequeña población. Don Tomás pronunció unas palabras alusivas en el centro del potrero destinado a plaza. Se cavaron los cimientos del futuro edificio municipal y luego hubo vitores y hurras, bombas de estruendo y reparto de pañuelos de seda con los colores de la Patria. La fiesta terminó con asado con cuero, galleta y vino. La población siguió en aumento. Llegaron familias como Gamboa, Colomés, Colombato, Etcheverry, Alagis, Perroud, Toschino y otros. Como vemos, la fundación de Santa Rosa no tuvo la pompa y las rígidas ceremoniales de otras ciudades, sólo la voluntad inquebrantable de un hombre que supo transmitir su fe y su entusiasmo a un grupo de personas llegadas desde lejanos horizontes. Los pobladores se fueron consolidando y multiplicando sobre el predio conquistado, fueron sumando progreso y experiencia y afirmando su organización social y política. Todos y cada uno de los que actuaron lo hicieron con la fe y la esperanza de hallar en este solar surcado por el pampero la certeza de una vida mejor para sí y los suyos.

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