miércoles, 12 de diciembre de 2012

ABELARDO EPUYÉN GONZALEZ


                                          
Abelardo Epuyén fue y sigue siendo el máximo referente de la canción cordillerana de la zona del Neuquén, Chubut y Rio Negro.
Su obra es cantada por casi todos los cantores populares de por acá. Pancho Quilodrán, Cholo Barriga, Nelson Ávalos, Miguel Trafipán, Chele Díaz, Eduardo Paillacán, entre otros son los que han interpretado sus canciones.
Don Abelardo Epuyen González (y Epuyen era su segundo nombre, no un apodo), nació un 27 de noviembre de 1929 en la localidad de Epuyén, falleció un 10 de Diciembre de 1978, quienes lo conocieron aseveran que aprendió a tocar la guitarra a los 14 años y desde allí nunca más paró siguiendo su peregrinar artístico como guitarrista cantautor, en sus primeros años las rancheras y las milongas conformaban gran parte de su repertorio en cumpleaños, casamientos y fiestas camperas; más tarde incursionó en los versos y la poesía, animándose a las cuecas, zambas , chacareras y algo más.
Don Abelardo Epuyén graba en 1965 cuatro canciones de su autoría: Cazando Jabalí; Tropeando Penas; Mi arroyo y De Los Lagos.
Con su música llegó a escenarios de distintas ciudades de la provincia, tales como Esquel, Comodoro Rivadavia, Trelew, rompiendo los limites provinciales hasta llegar a tocar en peñas muy conocidas como el Rancho de Don Frenando Ochoa, El Palo Borracho y El Hormiguero en la Capital Federal.
También se supo que Don Abelardo habría grabado un long play de 12 temas, el cual nunca salio al mercado por cuestiones que no lograron destrabarse ante el sistema burocrático de SADAIC.
Hoy sus canciones son interpretadas por conocidos artistas cordilleranos admiradores de uno de los valores artísticos culturales hijo de la localidad de Epuyén.
Fue Don Abelardo Epuyén González, paisano criollazo nacido en el lugar que dio origen a su segundo nombre. Vivía con su madre en las cercanías de Tufí Breide. Tenía algo de hacienda y se rebuscaba la vida haciendo absolutamente todo lo que hace un hombre de campo por aquellas latitudes, no muy distinto a lo de cualquier paisano de nuestra querida Patria: desde alambrar, arriar hacienda, sembrar, cosechar, y sobre todo guapear. Guapearle a la vida. A la dura vida patagónica, esa particularmente más brava que la del resto de nuestro territorio.
Era don Abelardo Epuyén hombrazo grandote, rubión. Ojos claros, bien gringo. De enormes y curtidas manos que no eran impedimento a la hora de pulsar su guitarra. Pocas veces creo haber escuchado música más hermosa, sentida y armoniosa salida de ese tipo de instrumento. Que me perdonen el resto: no escribo esto en forma emotiva sino absolutamente racional.
Desde la Marcha de San Lorenzo, pasando por el tango “María”, chacareras, zambas y por supuesto...la música surera que él mismo componía. Como guitarrero, de los mejores que he escuchado. Y que voz... O más bien vozarrón, profundo y melodioso. De los que no necesitan altavoces.
Estuvo un tiempo viviendo y trabajando en el campo de Cafrune,en la provincia de Buenos Aires. Pero Abelardo no se llevó muy bien con él. Tal vez sus dimensiones eran muy parejas y ninguno de los dos estaba como para relegar el primer puesto...
Luego y en uno de sus viajes a Buenos Aires relacionado con un tema de salud de su hijo adolescente, lo acompañé a visitar a Horacio Guarany, quien lo apreciaba y como siempre hizo ese buen criollo ayudó a Epuyén a relacionarse con la firma grabadora.
En otra oportunidad, me contó que habiendo viajado a Buenos Aires para resolver no se que tema sucesorio de su campito, dejó sola a su querida madre. Vivían en su tierra unos mapuches, con los que él mucho no congeniaba: las diferencias culturales no se lo permitían.Sabemos que los indios patagónicos son muy afectos a comer carne de caballo. Me decía Epuyén que le causaban repugnancia porque “jedían a yeguarizo” de tanto carnear y comer caballos, generalmente ajenos... Y que él no podía echarlos de su campo porque la ley los protegía. Que si no...
Volvió Abelardo de Buenos Aires y por más que buscó, su caballo preferido...ya no estaba. Pronto supo lo que le pasó a su equino... En esas pequeñas comunidades nada se oculta por mucho tiempo.
Así las cosas, una noche Abelardo iba para el aserradero de de Rasti, donde había un despacho de bebida para los peones, y pa´los de afuera también. El acceso al “boliche” era un largo y estrecho sendero entre empalizadas, orillando al lago Epuyén. Y allí Abelardo, de a caballo, se topó de frente con el otro jinete: el caciquejo mapuche que le había carneado el caballo. Usaba Epuyén una “guacha” o talero de fuerte mango con virola de plata...y relleno de plomo. Tomado por la lonja de cuero crudo, era un arma mortal en mano de aquel brazo poderoso del paisano trabajador.Fue un solo talerazo “entre medio de las guampas” tal cual me contó Abelardo, y el indio cayó redondo... Abelardo llegó al boliche de de Rasti y unas cuantas ginebras después volvió para su casa. Y oh! sorpresa: el mapuche no estaba...
Abelardo Epuyén, Aún laten en mis oídos aquellas, tus coplas:

“En mi vida peregrina salí del Neuquén.
Por la costa de los lagos
Llegué hasta la playa del Lago Epuyén.
Agüita clara en su orilla sabía despertar
Y el alba me sorprendía contemplando
el ancho verdor forestal..."

O la de “Perrito blanco”:
“Vámonos perrito blanco
al chancho hay que vencer
debe ser berraco grande,
y colmilludo tal vez...En aquel cohiual tupido,
El chancho debe dormir
Y si se ha ido más lejos
Igual lo hemos de seguir...
Sígalo, sígalo..."

Y Abelardo sabía bien sobre lo que componía. Porque es difícil afirmar quién fue mejor jabalicero: si Tufí Breide o Abelardo Epuyén. Aunque puedo decir que Tufí lo era por necesidad de defender su hacienda, en una loma más arriba y vulnerable a los cuadrúpedos que la de González. Y que éste lo era más por lucimiento de su destreza criolla. Pero de que ambos fueron buenos, doy fe.
Y tantas otras coplas y canciones lugareñas que hoy recuerdo...Dice un antiguo refrán: “Pinta tu poblado Y habrás pintado al Mundo...” Y bien que pintó don Abelardo aquel su pago cordillerano con su brocha maestra –la guitarra-
Pasaron muchos años. Volví por los noventa y tantos. Y entonces me contaron que en trágica noche saliendo de un boliche del Bolsón, Abelardo discutió fiero con otro paisano, ambos pasados de copas. Y allí nomás lo ensartó con su daga.
Policía, Bariloche, prisión...
Un día en su celda, Epuyén quiso hartarse de capón y consiguió que un guardia le trajese uno. Lo guisó y convidó a todos. Se dió el gran atracón. Y su corazón no aguantó...
Y el alma de aquel guitarrero, surero de ley volvió a ser libre.
Y no quisiera terminar esta sencilla semblanza sin recordar sus versos, homenaje a las aguas cantarinas de los arroyos de nuestra Cordillera.
Con su permiso, Don Abelardo Epuyén, que ahí vamos:

Arroyo de mi pago
de agüita clara
que la lluvia y la greda
la vuelven baya.
Que perduren las nieves
que te alimentan
temo que si te faltan
me olvide ella...

Patagonia, Madre surera de nuestra Patria, Por ser madre, no creo que vos olvides a tus hijos. Y Don Abelardo Epuyén fue uno de ellos.

Christian Valls
Noviembre del 2005 

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