miércoles, 7 de noviembre de 2012

JUAN CARLOS DÁVALOS


                           
Juan Carlos Dávalos gran escritor argentino nacido el 11 de enero de 1887 en Villa San Lorenzo, Salta y fallecido el 6 de noviembre de 1959, en la ciudad de Salta.
Escribió poemas, obras de teatro, ensayos y cuentos cortos. Escribió poemas, obras de teatro, ensayos y cuentos cortos.

La Importancia de las obras regionales
(extracto del prologo de "cantos agrestes" de Juan Carlos Dávalos)

Un poeta amigo mío ha dicho que mi obra peca de un exceso de regionalismo y que esta llamada, por eso, a morir en mi provincia.
He aqui, pues, un juicio desagradable.
Pero los salteños- me dije- hablamos castellano. En castellano habla también la república toda. Y si los salteños me entienden, ¿por qué no han de entenderme los argentinos?
¿Es posible- me digo- el regionalismo poético en un pais que no tiene dialectos regionales? ¿En un pais de una unidad étnica originaria tan completa como el nuestro?¿El idioma no es un nexo más fuerte entre los hombres que la geografía?
Pero veamos por qué mi crítico censura mi pretendido regionalismo.
¡Porque hablo de Coquena, de la Salamanca, del Duende, y de toda esa belleza mitológica sin la cual fuera imposible sentir la poesía de estas comarcas desoladas y grandiosas!
¡Porque uso, además términos locales!
Sin duda, tales voces no están en el diccionario de la Lengua,¡pero estan desde hace más de dos siglos, en la boca de los arrieros argentinos!
Y si el público argentino los entiende a ciertos provincianos que suelen pensar en francés, aunque versifiquen en castellano, ¿por qué ese público no le ha de entender a un provinciano que piensa en salteño y escribe en español?
No hay, pues, en este libro, ni afectación de clasicismo, ni exceso de regionalismo.
Por eso, siendo salteño, pretende ser un libro argentino.


LA LEYENDA DEL COQUENA

Cazando vicuñas anduve en los cerros.
Heridas de bala se escaparon dos.
-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena se enoja - me dijo un pastor.

- ¿Por qué no pillarlas a la usanza vieja,
cercando la hoyada con hilo punzó?
¿Para qué matarlas, si sólo codicias
para tus vestidos el fino vellón?

-No caces vicuñas con arma de fuego,
Coquena las venga, te lo digo yo.
¿No viste en las mansas pupilas oscuras
brillar la serena mirada del dios?

-¿Tú viste a Coquena?
-Yo nunca lo vide,
pero sí mi agüelo - repuso el pastor;-
una vez oíle silbar solamente,
y en unos tolares, como a la oración.

Coquena es enano; de vicuña lleva
sombrero, escarpines, casaca y calzón;
gasta diminutas ojotas de duende,
y diz que es de cholo la cara del dios.

De todo ganado que pace en los cerros,
Coquena es oculto, celoso pastor;
si ves a lo lejos moverse las tropas,
es porque invisible las arrea el dios.

Y es él quien se roba de noche las llamas
cuando con exceso las carga el patrón.

En unos sayales, encima del cerro,
guardando sus cabras andaba el pastor;
zumbaba en los iros el gárrulo viento,
rajaba las piedras la fuerza del sol.

De allende las cumbres de nieves eternas,
venir los nublados miraba el pastor;
después la neblina cubrió todo el valle,
subió por las faldas y el cerro tapó...

Huyó por los filos el hato disperso,
y a gritos, en vano, lo llama el pastor.
La noche le toma sentado en cuclillas,
y un sueño profundo sus ojos cerró.

Cuando el alba tiñe - limpiando los cielos-
de rosa las abras, despierta el pastor.
Junto a él, a trueque del hato perdido,
Coquena, de oro le puso un zurrón.

No más en los cerros guardando sus cabras,
las gentes del valle vieron al pastor;
Coquena dispuso que fuese muy rico.
Tal premia a los buenos pastores el dios.

Juan Carlos Dávalos

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