domingo, 7 de octubre de 2012

LA TRANQUERA DE MI INFANCIA


                           

     
Hubo una  época en que éramos solamente nueve personas en mi familia. Mis padres, mis hermanos y mis tíos. Sólo había vacas, caballos y potreros con alfalfa. Un delantal blanco y la escuela era mi sueño cumplido a los 6 años. Lápices de colores, cortitos y de 6, un lápiz negro, un cuaderno y de yapa una goma blanca. Una cajita de madera y un portafolio marrón. Zapatillas tipo botitas para jugar al básquet, pero no, eran para ir a la escuela y nada más. Por qué? Porque los pobres sólo jugábamos con tierra y latitas de picadillo o de conserva de tomates. No había para más, la pobreza también estaba en la ropa muy usada, en el  pelo cortado en casa y en la piel curtida de soles y tierrales.  El Pirincho mañero y alunado era el compañero de camino hacia la escuela del pueblo, que se lanzaba a corcovear en la curva donde las ortigas nos recibían en su colchón de alfileres. Esos revolcones y pinchazos marcaban nuestras caritas de lágrimas. La tranquera al final del camino nos esperaba adornada de horneritos y boca abierta de tablas. De aldaba levantada y pechazo nos hacía la gauchada de dejarnos salir al mundo desde la seguridad que élla significaba. Nuestra tranquera lucía un cartel hecho a mano, mi curiosidad, al regreso de la escuela, quería descifrar lo que decía, mientras el Pirincho escarceaba nervioso, queriendo llegar pronto a casa. Hoy ansiando recordar el camino que hacía del pueblo hasta mi casa, llegué hasta la tranquera del campo, que luce casi igual, como hace 50  años, con sus tablas sin pintar, aunque yo las recuerdo blancas y no encuentro  la casita del hornero, pero sí está el cartel que dice Establecimiento El Pichón, que se llamaba así  porque Pichón le decían a uno de sus dueños. Y se me llenó el alma de lágrimas al recordar la mañana que mi padre descubrió el charret de tío Miguel, tirado por su fiel caballo zaino, esperando que le abran la tranquera, sin el tío y con una helada que blanqueaba los pastos. La tranquera es un emblema de mi vida en el campo, que guardo celosamente entre mis mejores recuerdos, ésa tranquera de mi primera infancia, la que abrí sola y desde el caballo, cuando iba camino a la escuela en mi primer día de clase. La que se cerró tras la familia que emigraba hacia otros horizontes tras la sequía y venta del tambo. Después hubo más tranqueras en mi vida, como la que llevo apuntada en el alma, la tranquera de mi adolescencia. Pertenecía a una estancia donde cumplí mis 15 años y conocí el amor. La que se abría a un gran boulevard de eucaliptos que llegaba hasta el patio de los galpones y en un rincón de ese patio estaba la humilde casa del tambero, nuestra casa. Esa tranquera era el final del recorrido de los  domingos de las hijas del mayordomo y las del tambero. Allí estrenamos nuestra primera máquina de sacar fotos, posando sobre la humilde tranquera como si fuera el trono de una reina. La misma que fue testigo de nuestros encuentros por “casualidad” con los muchachos que vivían en el casco.

Felizmente, en mi vida tengo otra tranquera blanca que me espera, es la de Los Leandros, mi refugio en las sierras.

Lydia Musachi

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