martes, 21 de agosto de 2012

RECUERDOS DE INVIERNO


                                              BOLICHE DE CAMPO

Ando rasguñando recuerdos esta tarde de invierno.Y como si una burbuja de tiempo estallara ante mis ojos veo el viejo Boliche de Campo Ceschini, allá entre Montes de Oca y Las Rosas, camino viejo a Tortugas… principios del ’71…Cuánta agua ha pasado bajo el puente!!
Por ese entonces éramos pocos en la familia, mi esposo, mi hija y yo. Mi nena cumplió 2 añitos por esos días y lo festejamos con abuelos, tíos y primos. Lugar era lo que sobraba, voy a buscar las fotos para refrescar las vivencias, aunque hoy no me hacen falta alicientes, se me dio por recordar y las imágenes llegan nítidas y percibo hasta los olores típicos del boliche, mezcla de vino, yerba,  harina y de pastelitos los domingos.
Era una vieja casona, del tiempo de la inmigración italiana, sus primeros dueños lo alquilaban por haberse ido a vivir al pueblo…. Pista de baile, cancha de bochas con campeonatos los domingos… Ahí jugué por primera vez un campeonato entre  matrimonios, contra mi cuñada Estela y su marido, quienes eran los bolicheros en ese momento. Nosotros les habíamos alquilado una parte de la casa, por un tiempo hasta que encontráramos el nuevo rumbo que le queríamos dar a nuestras vidas.
En esos tiempos las distancias se notaban, especialmente los domingos, así que los vecinos se reunían por las tardes, algunos a jugar al truco, otros a las bochas y las mujeres, que solían venir acompañadas de sus hijos, jugaban al chin chón, a mí, que no me gustan esos juegos, me tocaba cebar mates y servir pastelitos que hacíamos especialmente para vender ese día.
Había también una pista de baile con los alambres para armar la carpa una vez o dos al año, cuando se organizaba alguna cena o baile, a beneficio de la Cooperadora de la Escuela, que se encontraba enfrente, cruzando la calle o para las fiestas patronales de la Capilla que hoy no recuerdo a que Santo Patrono estaba encomendada.
Una típica esquina de campo, de caminos muy transitados, con muchos vecinos, chacareros, tamberos y puesteros, todos parroquianos del lugar. En la semana llegaban los chicos a caballo y de paso para la escuela, compraban galletitas o caramelos…Ah! los chocolatines y los clásicos chupetines de dulce de leche… Los viajantes traían latas de galletitas, de ésas surtidas que venían con confites en forma de huevitos de colores,  que tanto le gustaban a los chicos y a nosotras también, si éramos tan jóvenes!.Y el viajante de artículos de perfumería, ofreciendo las Colonias 555, Floral y también  de Lavanda, además del talco y el jabón que venían todos de la misma marca.. No sea que alguien piense que en un boliche de campo, no hubiera artículos de tocador, por supuesto no faltaba tampoco el dentífrico Colgate. Ese perfume que se percibía en la vitrina del rincón, quedó como grabado en mi alma y  el olor a la madera bien lavada de los pisos entablonados, es otro de los recuerdos que me vienen a la mente cuando veo un boliche abandonado en una esquina de campo.
Sentí muchísimo irme de ese lugar, porque lo había pasado muy bien en familia, haciendo amistad con los vecinos y hasta tuve tiempo de hacer un curso de dulces y mermeladas dictados por la gente del INTA, en la humilde y prolija escuelita rural.
Son cosas de la vida que pasan en épocas de sueños y de luchas, y para más,  en un lugar tan especial de nuestros campos, el infaltable boliche de ramos generales y Club Social y  Deportivo, que con el correr del tiempo van desapareciendo, dejados de lado por el progreso.  
Hace un tiempo, me di un paseo por el campo, en época de cosecha, Por los caminos rurales, polvorientos y abandonados, encuentro en un cruce un viejo boliche sobreviviendo, alumbrado a Sol de Noche, con unas pocas estanterías y un viejo, sólo, detrás del mostrador. Tuve de ganas de bajar a saludarlo, me dio mucha alegría saber que todavía hay cosas que siguen siendo necesarias, aún con las nuevas tecnologías, porque sin duda alguna, hay valores que nunca deberían perderse, aunque mas no sea como lugar de reunión de amigos, parientes y vecinos.
Hoy siento de verdad que cada día que pasa me vuelvo más nostalgiosa del olor a alfalfa, pasto seco, maíz y tierra arada, a la vida natural. Claro que hoy el ambiente no es tan ecológico, existen los agroquímicos contaminantes y venenos, destructores de la fauna, la flora autóctona y la gente que aguanta en los puestos y las chacras.
También el bolichero y su negocio  en el cruce de caminos, es parte del paisaje y acaso lo sentimos como una especie en extinción.
Sería bueno que las personas  que tenemos cariño por la naturaleza y los que se desempeñan diariamente en contacto con el campo, tomáramos conciencia de que tenemos algo muy valioso al alcance de nuestras manos. Como reserva natural, en términos de humanidad y también en la posibilidad de hacer un turismo controlado, sin agresiones al ecosistema. Defender la existencia de los boliches, capillas y las aún muy necesarias escuelas rurales, sería una buena alternativa para que nuestra zona siga siendo la que soñaron nuestros antepasados. Me resisto a pensar nuestros campos, como una mera llanura cubierta de sembrados, sin casas, ni árboles, ni animales y cada vez menos habitantes.

 Lydia Musachi- Foto: Rodolfo Velázquez

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