viernes, 4 de noviembre de 2011

EL ALMA DEL ALMA...CÉN


EL ALMA DEL ALMA…CÉN

Esta nota la deberíamos haber escrito con “lapiz-tinta” ( ese tiñe-lenguas hundido ya en el tiempo?, sobre una libreta de tapas de hule negro. La hubiésemos querido escribir con la barbilla apoyada apenas sobre el mostrador, en puntas de pie para alcanzar aquel mármol donde la balanza de dos platas oscilaba con el pan de cada día. Pero la hubiéramos escrito para el almacenero.
Mas no para éste de hoy, que refulge entre tubos fluorescentes y exhibidores de fórmica y metal estampado, que ha cambiado el “lapiz –tinta” por la pantalla de la computadora. Aunque cumple idéntica misión que aquel que nos devolvía la libreta garrapateada de té Mazawatee, yerba Napoleón, aceite Bau y jabón Llauró, no fue por él que se instituyó el Día del Almacenero, oportunamente celebrado.
Por eso, y seguramente, con la aceptación de sus colegas de ahora, es que preferimos trasladar el homenaje a aquel almacenero del papel de estraza, al “ Don Juan “ de cualquier pueblo o cualquier barrio, que traficaba con monedas, que pedía un blindado cuando debía depositar mil pesos, porque la historia del almacén – si alguna vez se escribe- deberá estar encuadernada en níquel.
Todavía colgaban del almacén que recordamos, las botellas de legítimo Chianti y las piezas de bacalao de Noruega; se apilaban los tarros de morrones de Calahorra, aromaba el café en grano de Colombia y esperaban la hora del destape las botellas españolas de Sidra Sagardúa o El Gaitero. Por eso eran artículos reclamados en las grandes ocasiones- que siempre las hubo- y el “don Juan” del caso jamás las aguardaba. El encontraba ocasión para su negocio en todo aquello que se vendía por centavos. ( Diez de pan, cinco de yerba, veinte de azúcar…así eran las cosas en aquella Argentina que conocimos en nuestra infancia).
Aquel vencedor de “escobas de cinco hilos”, “azúcar de refinería”, manteca Tulipán y fideos Tampieri, no conoció el polietileno, ni las básculas digitales, ni el número de orden de su clientela. Su intuición decidía cuál cliente había sido el primero y cuál el último en entrar en aquel salón que olía a especias, sin necesidad de ese aparatejo masificador del turno que el dependiente actual lee tan rápido ( 35, tiséis., tisiete), si uno no está atento pierde como un balde…
Con un papel de estraza- un recuerdo gris de la época- envolvía el producto, y tomándolo por las esquinas, dabas unas vueltas de carnero al paquete, dejándolo listo para la canasta con que luego (todavía eso) llevaba el repartidor al domicilio del cliente. Cuando la operación era en el propio almacén, el trato se cerraba con la “yapa”, un rito que regocijaba a los chicos y que seguramente habría de preocupar a los mayores, porque ha de creerse que su importe de un par de centavos, viajaría de polizón entre el mar de números de la libreta negra. ( Perdón: dijimos polizón que en castellano es el individuo que viaja clandestinamente en cualquier medio de transporte y no polizonte que es un término despectivo referido a la policía).
Suele ser tan frecuente este disparate, que en una grabación de Amelita Baltar de “Balada para un loco”, esa revolucionaria creación tanguística de Piazzolla y Ferrer, la cancionista dijo en cientos de miles de placas discográficas “ y primer polizonte del viaje a Venus” (grap,grap).
Ahora el supermercado, el autoservicio, el changuito y el ticket, una fabulosa corporación de almacenes, donde ningún “don Juan” voltea a pulmón la manivela de la cortadora de fiambres, nadie empuña las cucharas de cinc en que la harina y al sémola eran transportadas desde los cajones de tapa inclinada a la bolsita de papel rosado.
Claro, no vamos a denostar contra el progreso, por nostálgicos que seamos; bienvenido sea, aún con precios estratosféricos. Todavía existen los almacenes ( despensas o mercaditos, se los llama), que sostienen la antigua estructura de la venta de comestibles, así, directamente, mostrador por medio y sin otros changuitos que los propios, o los que le compran gaseosas y caramelos.
Para nosotros, los de 1925 al sur, ese almacenero- sin desdeñar el hipermercado- seguirá siendo el mismo comerciante que, como ningún otro, tiene un puente de afecto entre su colorida estantería y la mesa familiar.
Como se ve, los hombres sabemos bastante de volver a casa con la bolsita, acelerando el paso si se acerca algún conocido o poniéndonos ultra-rojos si nos enfrentamos con alguno. A no negarlo, que nosotros conocemos a un señor que cuando alguien le dijo con sorna:
-“Te tocó hacer los mandados, hoy?
-“Yo no hago los mandados, che. Hago las compras”- le contestó ofendido…

Nicasio Soria, de Bueyes perdidos- Diario La Voz del Interior- Córdoba
Año 1997

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