martes, 20 de septiembre de 2011

DÍA NACIONAL DEL CABALLO



PORQUÉ HOY ES EL DÍA NACIONAL DEL CABALLO.Cuando en 1905, en sus clases de Biología, el profesor belga Lucien Hauman Merck habló sobre la prevalencia de la naturaleza en las especies animales y vegetales, el alumno de la Facultad de Agronomía de la ciudad de Buenos Aires, Emilio Solanet sintió inquietud por iniciar contacto con quienes supieran del destino de la descendencia de aquellos caballos que en 1541, dejó en ese suelo don Pedro de Mendoza.Solanet, en su estancia “El Cardal” de la zona de Ayacucho, solía ver algunos gauchos, que traían arreos del sur del país hacia Buenos Aires para invernar, montando algunos ejemplares que tenían el genotipo de esa raza que se la consideraba poco menos que extinguida. Entre 1911 y 1913 don Emilio Solanet realiza sondeos e investigaciones en el sur del país buscando ejemplares puros de criollos y que no hubiesen sufrido los cruzamientos que se habían dado en nuestra zona y finalmente; tras mucho buscar, encuentra en propiedad del cacique tehuelche Liempichín, en el Chubut, una manada de estos ejemplares. Luego de arduas negociaciones, los indios son muy difíciles para hacer negocios, le adquiere 80 ejemplares a un precio de 30 pesos cada uno y los trae para “El Cardal”. Allí comienza el verdadero trabajo de recuperación, Solanet expresa en sus notas que se valió de tres premisas: la selección funcional, la selección por estándar y las leyes de consanguinidad.Por la primera procuraba guardar como reproductores a los ejemplares que sobresalían en los rudos trabajos camperos. Siempre antepuso a la selección de belleza por sus formas a aquellos más dóciles y guapos, a los que mejor se mantenían en los crudos inviernos, en los calcinantes soles del verano, a los que menos sufren en el trabajo de campo.En la selección por estándar o sea por conformación, fueron elegidos aquellos más armónicos, descartando los deformes, torpes, cabezas pesadas, riñón largo o vencido, cañas largas, cuerdas débiles o remos mal aplomados.Asegura en sus notas Solanet que para él resultó de fundamental importancia para difundir el mejor modelo la consanguinidad, ya que logró lo que se denominan “animales estampadores”, es decir que transmitían con gran fijeza sus caracteres y cualidades, con gran poder hereditario por varias generaciones.Con el objeto de orientar la crianza hacia el tipo bueno y característico y conseguir la uniformidad entre los criadores, Solanet estudió la iconografía de los años anteriores a la mestización (1852) y estableció la analogía con los ejemplares que había seleccionado en la zona patagónica; consiguió en 1918 enunciar un modelo o estándar para la raza Criolla que en 1922 fue aceptado y oficializado por la Sociedad Rural Argentina y en 1923 fue fundada la Asociación de Criadores de Caballos Criollos.Para asegurar que la raza criolla es, para silla, la de mayor aptitud para el trabajo de campo, Solanet se remitía al estudio que los profesores europeos J: Crevat y R. Barón, considerados en ese momento las mayores autoridades en el estudio del trabajo animal, habían desarrollado.La fórmula de los citados especialistas establecía que para conocer el peso que cómodamente puede llevar un yeguarizo debe multiplicarse el perímetro torácico por 56 y dividir el resultado por la alzada.De manera que un animal de 1,78m. de perímetro torácico y 1,44m. de altura puede llevar sobre su lomo 123,215Kg.Según esta fórmula no es el caballo de mayor alzada el que puede llevar el mayor peso y como ejemplo un animal de 1,60 de altura con un perímetro torácico de 1,80 solo podrá resistir 113 kilogramos. EL ESTANDAR DE LA RAZA CRIOLLALos lineamientos generales establecen que el tamaño y forma deben ser: mediano desarrollo, fuerte y ágil en sus movimientos. La alzada del modelo racial es de 1,40 a 1,48m. con un perímetro torácico entre 1,70 y 1,86m. Cabeza corta, ancha en la base y con vértice fino, perfil recto o subconvexo, frente ancha, orejas medianas, cuello de largo mediano, cruz poco destacada, tórax amplio, encuentros separados, poca luz bajo del cuerpo, riñón corto, recto y musculoso, grupa bien desarrollada y semioblícua, antebrazos largos y musculosos, nalga bien descendida, cuerda del corvejón fuerte y destacada, garrones amplios que vistos desde atrás muestran una separación relativamente grande, cañas cortas con cuerdas robustas, nudos secos y con poca cerda cubriendo el espolón posterior, cascos duros y aplomados, cola con abundante cerda. Un viaje de 21.500 kilómetros.Inexorablemente cuando se habla de los caballos criollos se recuerda la hazaña de Gato y Mancha, esos dos ejemplares que Emilio Solanet cediera a aquel inolvidable profesor suizo Aimé Félix Tschiffely, de quien se cumple este año el cincuentenario de su fallecimiento, que desarrollaba tareas docentes en el Colegio San Jorge de Quilmes, quien en una carta con fecha 22 de Noviembre de 1924 estableció el primer contacto con el doctor Solanet, donde le hacía conocer su inquietud de efectuar un viaje en caballos criollos cuya meta sería nada más y nada menos que la ciudad de Nueva York, uniendo así por primera vez las tres Américas haciendo un trayecto de 21.500 kilómetros (4.300 leguas).“Esa carta no me impresionó del todo favorablemente - diría Solanet años más tarde – sospechaba que el profesor suizo llegaría tal vez a Rosario, donde al darse cuenta de las dificultades del viaje abandonaría los pingos y se volvería a Quilmes en un tren.Pero como yo hacía poco tiempo había demostrado en Buenos Aires, en una conferencia universitaria y con fórmulas científicas que el caballo criollo era el mejor para los trabajos de silla, no podía negarme al pedido y le contesté que había caballos criollos capaces de llegar a Nueva York y al Polo Norte también.A los seis meses de esta primera comunicación el suizo llegó a El Cardal, y teniendo presente aquella duda le di a elegir entre los caballos más viejos, de los que tenían de 15 años para arriba, y él seleccionó a Mancha de 15 y El Gato de 16.”Tschiffely que desde el comienzo de su aventura registró todo dice de esos caballos: -“ Domarlos puso a prueba las facultades de varios de los mejores domadores. Desde los primeros instantes advertí una real diferencia entre sus personalidades, Mancha era un excelente perro guardián: siempre estaba alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase... Sí los extraños se le acercaban, hacía una buena advertencia levantando la pata, echando para atrás las orejas y demostrando que estaba listo para morder... Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente... Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba represalias contra su compañero.” Finalmente con todo preparado, fundamentalmente el espíritu, Tschiffely y sus dos compañeros de ruta partieron desde Buenos Aires el 23 de abril de 1925.Por entonces no había caminos en gran parte del recorrido, y cuando existían, no se caracterizaban por su buen estado. Tschiffely hubo de resignarse a no llevar carpa, dado del peso de las existentes en esa época, e infinidad de noches durmió en descampado, bajo algunos árboles, en grutas de la montaña o en chozas semidestruidas.“Mis dos caballos – decía – me querían tanto que nunca debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente los dejaba sueltos, seguro que nunca se alejaría más de unos metros y de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me saludaban con un cordial relincho”.Selvas, bosques, desiertos, caminos pedregosos fueron templando el carácter de estos tres aventureros.En varias partes del camino las dificultades eran tan inmensas que existió la posibilidad del abandono de la empresa.Dice Tschiffely: “Al llegar a los desiertos del Perú sentí que me abandonaban mis fuerzas. Repuesto de un desmayo prolongado observé a mis dos bravos compañeros y tuve la sensación que mi raid había terminado. Apenas tenía fuerza para levantarme, y el Gato y el Mancha, con la cabeza baja, resoplaban ansiando aire, asfixiados en un ambiente de infierno.Decidí abandonar una lucha tan despareja con la naturaleza, renunciar al raid y desaparecer, irme a cualquier parte aceptando la razón y los pronósticos de mi fracaso. Pero en esos momentos recordé al doctor Octavio Peró, del que había aceptado una amistad incondicional y al cual le había prometido llegar a Nueva York o quedar en el camino, recordé a La Nación, que seguía en sus crónicas la trayectoria de mi raid, comprometiéndose con su apoyo moral y sobreponiéndose a todas las ironías y las mofas con que acogió mi propósito la mayoría de los periódicos.Recordé a Emilio Solanet que me regaló los caballos y que me dijo: “Si usted no afloja, mis criollos llegan”. Y con todo ese bagaje auspicioso de cariño y con la fuerza que desde Buenos Aires me enviaban mis amigos, sentí como si una voz me dijera: “Seguí, gringo, levantate, gringo”. Y seguí, seguí enfermo, como hipnotizado, veía Nueva York, y mis nobles caballos me siguieron.”Durante el recorrido cruzaron varias veces la Cordillera de los Andes y fue en esos cruces donde mayores dificultades encontraron. En el Paso El Cóndor, entre Potosí y Chaliapata (Bolivia) hubieron de ascender a 5.900 metros sobre el nivel del mar con lo que consiguieron el récord mundial de altura.En partes del recorrido soportaron 52° centígrados a la sombra y en otros 20° bajo cero. Recorrieron largos trayectos sin forraje, sin agua, arena, arena, arena. Los cascos de los caballos se hundían permanentemente entre 15 y 20 cm. en la arena candente.Se codearon con miles de pobladores en el camino, gente buena y de las otras, indígenas de las más variadas costumbres y hasta bandoleros.Finalmente el 20 de setiembre de 1928, después de tres años y cinco meses de recorrido, el profesor suizo Aimé Félix Tschiffely entraba en la 5° Avenida de Nueva York, montando a Mancha (Gato había quedado en México herido por la patada de una mula) llevando en los cascos de su criollo compañero el polvo de veinte naciones que habían cruzado y en el pecho, como premio a la hazaña, un pretal hecho con una cinta con los colores de nuestra bandera: el celeste y el blanco.¡ La hazaña se había cumplido!El Final de la HistoriaAños después de haber realizado la travesía más larga de la historia ecuestre, Gato y Mancha, los dos caballitos criollos, volvieron a la estancia “El Cardal” donde vivieron rodeados de visitas importantes que se acercaban para conocerlos y demostrarles su admiración, cuidados hasta sus muertes por un paisano de nombre Juan Dindart.Entre las ilustres visitas que recibieron se cuenta la que en 1936 les hizo el destacado miembro de la Cámara de los Comunes de Inglaterra, descendiente directo de Roberto II, último Rey de Escocia, Roberto B. Cunninghame Graham, quien arribó portando una bolsita de seda finamente bordada que contenía avena de las tierras escocesas. En su discurso dijo: “En la verde Trapalandia (el paraíso equino) que la providencia tiene preparada para todos los caballos que han sufrido aquí, en la tierra, exceso de trabajo, malos tratos y olvido, para los que demostraron valentía y arrojo en epopeyas memorables, así como para los inocentes y tímidos que durante su vida poblaron las pampas, las estepas y las praderas, estarán para recibirlos Bucéfalo y Babieca ”.El Capitán de Navío de la Armada Argentina Gerónimo Costa Palma escribió en 1951: “Yo andaba dando la vuelta al mundo comandando la Fragata Sarmiento cuando conocí a Gato y Mancha y al gringo Tschiffely en los Estados Unidos.Mancha y Gato pertenecen hoy a todos los argentinos. Escribieron con sus vasos en las tierras de las tres Américas la proeza más grande que haya hecho una yunta de caballos de cualquier marca y pelo.”Belisario Roldán y José Hernández cantaron con orgullo a los valores del caballo criollo, a esos pingos que para rescatarlos, para que la raza no desapareciera y para que ocupara el lugar que correspondía frente a otras, tuvo que mediar el acendrado espíritu por lo nuestro que revela la figura del Dr. Emilio Solanet que en sus libros, sus enseñanzas y conferencias prolongó la vivencia del caballito criollo, aquel “del aliento largo y el instinto fiel”. El profesor suizo Aimé Tschiffely continuó con sus aventuras realizando distintos raides por la Patagonia Argentina; sus ansias de aventura lo llevaron a Europa donde unió cabalgando el sur de Inglaterra con la zona lacustre de Escocia y transitó todos los caminos de España en motocicleta.Las impresiones de estos viajes, con sus aventuras y la descripción de las cambiantes geografías que iba recorriendo fueron plasmadas en varios libros, en los que el jinete dio paso al escritor para incursionar en la senda literaria.Los cambios de rumbo le permitieron ejercitar la observación y la pluma para afirmarse en el terreno escrito. Pero más que la descripción de un pueblo o un paisaje, sus escritos representan un verdadero manual de voluntad y coraje.Más nunca dejó de recordar a sus dos caballos criollos que estaban allá, en la lejana Argentina, y durante la Segunda Guerra Mundial hasta llegó a brindar charlas para los soldados aliados rememorando la hazaña que había realizado con sus dos queridos compañeros.Entre aventura y aventura Tschiffely volvía a la Argentina y su primer paso era visitar a sus viejos amigos en “El Cardal”. Se cuenta que la primera vez que fue a verlos, cuando habían pasado ya varios años de la hazaña, el profesor suizo se llega a la tranquera de la estancia y no bien baja del vehículo que lo había traído, lanza un vibrante silbido y como respuesta, Gato y Mancha se acercaron relinchando para saludarlo; estos nobles caballitos criollos no lo habían olvidado.Gato murió en 1944 (este año se cumplen 60 años) y Mancha en 1947.Sus huesos fueron enterrados en el parque de la estancia “El Cardal” mientras que sus cueros fueron a Buenos Aires y mediante la taxidermia se encuentran en una vitrina en el Museo del Transporte Dr. Miguel Udaondo en la ciudad de Luján.En 1954 Tschiffely fallece y es enterrado en el cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires.Pero aquí no termina esta historia. En 1998, cuando se cumplían setenta años de esa llegada a Nueva York, Aimé Tschiffely realiza su último viaje.Un grupo de tradicionalistas pergeñó la idea de unir nuevamente a los tres aventureros (Tschiffely se lo había solicitado a su mujer) y con la autorización de descendientes directos del profesor suizo sus restos fueron llevados a la estancia el Cardal e inhumados frente a la tumba de Gato y Mancha en un monumento rematado con su busto y las cabezas de los dos caballitos criollos donde una placa que recuerda el hecho tiene en su grabado dos palabras que lo resumen todo dice simplemente: “LOS AMIGOS”.En esa oportunidad, una procesión de caballos partió de la tranquera de la estancia portando las banderas de las naciones que el trío había atravesado con el fin de recibir los restos del profesor.Gauchos de Vidal, Napaleofú, Balcarce, Tandil y Luján, la familia Solanet, descendientes de Victoria Hume (esposa de Tschiffely), vecinos de Ayacucho y porteños participaron de la celebración de una misa.Más tarde, como al “gringo” le hubiese gustado, se organizó un fogón, los payadores hicieron gala del arte de improvisar y las danzas tampoco faltaron.El Senado de la Nación instituyó el 20 de setiembre de cada año como el “Día Nacional del Caballo”.Y hoy, vale la pena recordar las palabras que pronunció Aimee Tschiffely cuando regresó de la hazaña de unir a Buenos Aires y Nueva York: “Un buen caballo comunica espíritu al jinete, tal como un jinete audaz infunde valor al caballo”.
Raúl Oscar Finucci

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