martes, 6 de diciembre de 2016

DÍA NACIONAL DEL GAUCHO




                                                                  GAUCHO


GAUCHO es un término que se utiliza en Argentina, Uruguay y el sur de Brasil para nombrar a un tipo de campesino. Los gauchos son jinetes muy hábiles que se dedican a los trabajos rurales.

Si bien al día de hoy se utiliza para denominar a los empleados de las explotaciones agroganaderas, en sus orígenes los gauchos vivían de forma muy diferentes. Eran individuos nómadas, generalmente solitarios, que se iban ganando la vida ayudando con el cuidado de los vacunos y ganando a cambio un lugar donde dormir, comida y algo de dinero.

La etimología de la palabra tiene raíces muy diversas, aunque la mayoría de los estudiosos coinciden en que posiblemente derive del término quechua “huachu” que significa huérfano o vagabundo. No obstante, en Brasil se cree mayormente que tiene su origen en el término “gauderio”, que era la forma en la que denominaban a los vagabundos que vivían en las inmensas extensiones de campo de Río Grande del Sur. Y, quizás, el término sea una fusión de ambos conceptos, junto a otros términos relacionados con la vida de estos particulares personajes latinoamericanos.

Esta forma de denominar a los trabajadores rurales, no obstante, se extendió mayormente en los siglos XVIII y XIX, sobre todo gracias a la literatura, donde comenzaron a aparecer estos personajes protagonizando todo tipo de historias. Época en la que surgió también la literatura gauchesca, que tenía como elemento principal la vanagloria de este tipo de vida y de estos hombres.

El auge de la modernidad: el apoderamiento de las tierras en manos de los grandes terratenientes y, sobre todo, la invención de los alambrados para delimitar los territorios y ordenar el ganado en un mismo lugar, llevaron a la desaparición del gaucho propiamente dicho. Y, a partir del siglo XX, fueron denominados de este mundo aquellos hombres que defendieran los valores de los antiguos gauchos pero que carecieran de su libertad; que eran contratados en un campo, en el cual transcurrían gran parte (sino toda) su vida. El nomadismo quedó atrás y con él, la verdadera identidad del gaucho: ser libre. Hoy en día se le llama gaucho a aquel que viste con la indumentaria de los antiguos nómadas; vestimenta que se considera tradicional y está muy arraigada en el nacionalismo de países como Argentina y Uruguay.

Los complementos fundamentales de la vestimenta de los gauchos eran: botas de potro, chiripá, boina o vincha, boleadoras, lazo, guitarra y el infaltable mate. Los gauchos también eran grandes payadores, capaces de improvisar recitados junto a su guitarra. De hecho, solían reunirse en las pulperías, donde bailaban, cantaban, tomaban vino y jugaban al truco o a la taba.

La historia la escriben los que ganan, aunque todos pierdan. Tal es el caso del lugar imprescindible que ocuparon estos personajes en la historia de los países latinoamericanos. Muchos gauchos tuvieron roles preponderantes en las luchas por la independencia de estas naciones o en los conflictos civiles de la región.

Algunos por propia decisión y otros (la gran mayoría) porque eran obligados por el gobierno de turno, combatieron en guerras que ni siquiera les representaban. Y, aquellos que no aceptaban “servir a la causa” eran perseguidos y, si era necesario, asesinados. Muchos de ellos fueron obligados a pelear con comunidades aborígenes a las que respetaban, con tal de no perder su propia vida y condenados a la soledad y la tristeza más absoluta. Y, después de haber hecho muchísimo por esa “libertad” y por esa guerra tan poco necesaria, eran abandonados a la buena de la buena suerte: cansados, doloridos y absolutamente desgraciados.

Por último, cabe mencionar que ciertos autores como José Hernández, Ricardo Güiraldes, Leopoldo Lugones y Victoria Ocampo crearon diversos personajes gauchescos que se convertirían en verdaderos iconos para los amantes de su cultura. Entre los personajes gauchescos de ficción más famosos se encuentran Martín Fierro (creado por José Hernández) y “Don Segundo Sombra” (creación de Ricardo Güiraldes).



lunes, 5 de diciembre de 2016

DESPEDIDA

                                                       


Cuando uno se empieza a ir va soltando las amarras, aflorando sus recuerdos y contándolos despacito para quien lo quiera escuchar. El tiempo que ya ha vivido lo tiene bien enraizado, sostiene su memoria cuando todavía funciona. Hay sucesos que solo se transmiten de boca en boca, generación tras generación. Algunos quedan escritos, filmados, fotografiados, con ayuda de la tecnología que maneja la inteligencia del hombre. A veces nadie escucha, ni lee libros, ni mira fotos o videos, hasta que el ser que ha despedido se ha sumido en el silencio de la muerte. Entre las cosas que ha dejado y que se ven como trastos viejos, se encuentran muchas veces las respuestas  a preguntas nunca realizadas. Así, como quien no tiene apuro por irse, anota hechos, ordena fotos, arrima a su corazón a los hijos, a los nietos y bisnietos, a las personas que han dejado huellas en su alma. Carga su corazón de amor y se entrega al deterioro del cuerpo, al dolor y se va despidiendo de la vida, en busca de la Luz y de la Paz, librada de todo lo sufrimiento.
Lydia Musachi

jueves, 10 de noviembre de 2016

DÍA DE LA TRADICION

                                           









  
1. ¿Qué es la Tradición? El día de la tradición es el reconocimiento a la identidad argentina, a través de uno de los personajes más representativos del ser nacional, José Hernández. La tradición es el conjunto de costumbres, creencias y cultura de un pueblo, que se transmite de una generación a otra.
2. ¿Qué tradiciones tienen los argentinos? • La tradiciones de los argentinos son: • El mate • El malambo • La chacarera • La zamba • El asado • Las empanadas • Las tortas fritas • Dulce de leche • El truco • Las pulperías • La guitarreada • La sortija • El payador
3. El mate • El recipiente en el que se ceba el mate, es el "mate", que puede ser el tradicional, hecho de calabaza curada, o un jarrito de loza o enlozado, o madera. La infusión se toma con bombilla, y se puede cebar dulce o amargo. El recipiente que contiene el agua para la cebadura es la pava, cuya agua se considera "a punto" unos grados anteriores a la ebullición
4. Lenguajes del Mate Mate Amargo: Indiferencia Mate dulce: Amistad Mate con canela: Me interesas Mate con limón: Quiero que Vuelvas Mate con leche: Respetuosa Amistad Mate tapado: Anda a tomar a otro lado Mate muy caliente: Así es mi amor por ti Mate espumoso: Amor Correspondido Mate con toronjil: Estoy enojada contigo Mate muy dulce: Habla con mis Padres Mate hirviendo: Odio Mate con miel: Casamiento Mate encimado: Mala Voluntad Mate frío: Desprecio Mate cebado por la bombilla: Antipatía Mate con hoja de ombú: Purgante Mate con cedrón: Digestivo Mate con ruda: Evita Enfermedades
5. El malambo • El malambo es una danza folclórica tradicional argentina. • Dentro de los bailes folclóricos argentinos, es una excepción que carece de letra; la música de un Bombo Legüero las guitarras acompaña a esta danza ejecutada, únicamente, por hombres.
6. La chacarera • La chacarera es una danza que se baila en el norte argentino. • Se ejecuta tradicionalmente con guitarra, bombo y violín. • Es bailada por parejas que danzan libremente (pero en grupo) con rondas y vueltas.
7. La zamba • La zamba es un género musical bailable del folclore del noroeste de la Argentina, y de la zona de Tarija y Santa Cruz. • Ha sido propuesta como danza nacional de la Argentina.
8. El asado • El asado es una técnica de cocción en donde los alimentos son expuestos al calor de fuego o brasas con el objetivo de cocinarlos lentamente.
9. Las empanadas • Las empanadas son anfitrionas que nunca faltan en las fiestas populares ni en los feriados de la mesa familiar.
10. Las tortas fritas • La torta frita es un bocado típico del Río de la Plata, y posteriormente extendido a otros países en los que se la conoce con un nombre diferente. • Se compone básicamente de harina de trigo, azúcar o sal, huevos en algunos casos, leche y agua
11. Dulce de leche • El dulce de leche, también conocido manjar, arequipe o cajeta es un dulce tradicional de Latinoamérica y que corresponde a una variante caramelizada de la leche.
12. El Truco • El truco es un juego de naipes en el cual priman la suerte y la destreza.
13. Las Pulperías • Son sitios, muy comunes en nuestro país, constituían centros sociales.
14. La Guitarreada • En la mayoría de las provincias del norte del país, los jóvenes tienen una tendencia a aprender algún instrumento musical con base de folklore.
15. La Sortija • La sortija es un juego dónde la habilidad y la destreza del jinete son evaluadas al máximo.
16. El Payador • Se lo define como cantor repentista.

sábado, 5 de noviembre de 2016

EL CORRENTINO SAUCEDO

                                         


Revisando mis antiguos álbumes familiares, encontré una foto en la que se ve a un joven y sonriente gaucho vestido a la usanza correntina,  montado en un caballo blanco. Estudiando el fondo de la foto se puede observar la chimenea de la antigua fábrica de productos lácteos De Lorenzi, que hoy pertenece a la firma Sucesores de Alfredo Williner y las sencillas casas de obreros y peones rurales de los alrededores. A Don Domingo Saucedo se lo fotografió frente a su casa en la Avda. Libertad, antiguo camino viejo bordeando las vías.
Viéndolo así al “Correntino” como todos lo llamaban vienen a mi memoria como en diapositivas, lo que he vivido en mi niñez y juventud en el campo, donde lo conocí.
Según decía, había venido de su provincia siendo muy jovencito, a juntar maíz a las estancias de la zona. Se acercaba a la cocina a tomar unos mates y se ponía a contar  divertidas anécdotas, porque era muy alegre y nunca le faltaba la sonrisa en su boca. Era feliz con su vida de resero, peón de campo o estibando bolsas en los galpones de la Cooperativa Agrícola.  No tenía empleador fijo, andaba siempre de a caballo, sobre todo en las ferias ganaderas, lo que se dice un auténtico gaucho. Vivía con su compañera y los hijos de ésta en su casa del camino viejo, sobre la tercera cuadra de tierra. Don Domingo era muy apreciado por su trabajo y  su personalidad, era el alma mater de cualquier rueda de fogón, siempre tenía jocosas anécdotas y sucedidos para contar de sus trabajos en chacras y estancias de una amplia zona. Uno de sus cuentos más festejado era el que relataba como ocurrido  en  la Estancia Las Chilcas de Las Rosas, siendo él y la Alemana dueña de la estancia, los protagonistas principales. En esos tiempos, debió haber sido por la década de 1940, los peones golondrinas, santiagueños muchos de éllos, pero también chaqueños y correntinos como él, venían  a juntar el maíz a las estancias y chacras de nuestra provincia. En Las Chilcas la dueña era una señora mayor, quien personalmente vigilaba a los juntadores con sus prismáticos cuando salían a trabajar.  Cuando los descubría descansando o haciendo algo que no correspondía, al terminar el día de trabajo, les endilgaba un enérgico discurso sobre los deberes y obligaciones que no habían cumplido como habían tratado. Hasta que un día, sabiendo El Correntino, que la patrona lo observaba con sus binoculares, se puso a hacer gestos obscenos con una espiga de maíz. A ver si se atreve a retarme La Alemana esta noche…. decía muerto de risa. La noche llegó pero  La Patrona no apareció por el galpón de los peones, seguramente por recato, pero el pícaro correntino averiguó por una mucama, que indignada le mostraba los binoculares y le decía venga a ver que está haciendo ese correntino sucio! Cosas como esas y muchas más pasaban en los campos en épocas de cosecha. A Don Domingo, yo lo recuerdo especialmente, porque estuvo presente en mi adolescencia, haciendo de celestino, llevando las cartas de mi novio hasta la Estancia El Injerto, donde caía de visita como quien no quiere la cosa. Yo no tenía permiso para andar noviando a los quince años, pero a él le daba pena y hacía de mensajero. Don Domingo era amigo de mi novio por haber trabajado en el tambo con su familia y viendo la situación se ofreció a hacer de correo, hasta que mi padre desconfió y se terminaron los mensajes, las visitas y el noviazgo. Después de algunos años, ya casada y viviendo en la Estancia La Porteña, supe que trabajaba para  los mismos empleadores que nosotros en un campo ubicado en la zona de Azul, en la Provincia de Buenos Aires. No hace mucho conversando con vecinos de su antigua casa, me comentaron que había fallecido en ese  lugar, donde lo apreciaban y como no tenía familiares, sus restos fueron sepultados en el cementerio que correspondía a esa jurisdicción.
El Correntino Saucedo, es recordado por las personas que lo conocimos, como un  verdadero peón rural.

Lydia Musachi






CRIOLLO







                                                                



 Criollo, es un americanismo que se empleó desde la época de la colonización de América aplicándolo a los nacidos en el continente americano, del país, pero con un origen europeo. A diferencia del indígena, el criollo (del portugués crioulo, y éste de criar) era un habitante nacido en el ámbito del Río de la Plata (Argentina/Uruguay, principalmente) es muy común la palabra paisano empleada en el sentido de aquella persona que ha nacido y ha sido criada en el campo y que resulta ser además muy diestro en las tareas rurales. Es decir, en los mencionados lugares se lo emplea como sinónimo del término gaucho, decir, paisano o gaucho es lo mismo. El gaucho supo ser un tipo de campesino característico de los campos de Argentina y del Uruguay, que se caracterizaba especialmente por su habilidad como jinete y por su trabajo vinculado a la cría de ganado vacuno y todas aquellas actividades económicas derivadas. Otra característica fue su existencia semi nómade que proliferó especialmente entre el siglo XVIII y mediados del siguiente. Fue el paisano criollo, salvo aquellos que ponían sus ojos más allá de los mares, quienes dieron y ejecutaron las potencialidades de nuestro suelo, de ahí que esos nombres no son porque eran festivaleros, borrachos y tocadores de la guitarra, bailando a lo bruto dejando que la dama ande suelta moviendo todo lo que tiene, mientras él hace sus cosas por su cuenta. No son ni el criollo ni el paisano, de esos que apoyaban el codo en el estaño, sino que eran los que araban primitivamente o hacían los gigantescos arreos de mulas hacia el norte, hacia Salta y de allí al Perú. Eran y son los que se sacrifican. Eran y son los que tienen los apellidos extranjeros más raros por sus orígenes, pero que a pesar del apellido, son más argentinos que aquellos que se denominan así. El criollo no tenía mucho tiempo para andar de festivales ni de farras domingueras con sus damas, esas que iba a visitar cuando sus pocos tiempos se lo permitían. Ese era y es el criollo. El reemplazo del caballo a la camioneta no cambió su estirpe, sea alemana, judía, húngara, española. Los que tendieron los alambrados, arreglaron los campos, hacían los arreos salvajes, los que cazaban para los patrones, eran paisanos criollos. Muchos eran de sangre española mezclada con árabe, y casi todos ellos fueron los que se revelaron  y se hicieron gauchos, de ahí que hay que entender: criollo, paisano y gaucho, son tres momentos distintos. No son iguales. Solo hay que ir a las provincias del litoral para encontrar criollos que no son argentinos, o algunos nacieron aquí pero que sienten esa tierra como la suya, pero que no lo es. Hasta en la actualidad tienen sus lugares  que son sino de exclusividad, pero por ellos para no dejar caer sus recuerdos, hasta que su sangre se va agotando y llega a ser totalmente argentina, gracias a Dios. 

domingo, 30 de octubre de 2016

EN LA PAMPA Y CON LAGUNA


                                             

Garzas azules alzando vuelo desde la laguna, entre los juncos, rumbo a los cielos diáfanos de nuestro paisaje sureño. Gansos blancos y patos de todos los colores, aletean juntos y festejan , porque está acercándose el tiempo primaveral y será hora de formar pareja y hacer sus nidos.
En la otra punta, una nube rosada, de patas, picos y grandes alas…. Son los flamencos, llevando a cabo su idílica danza de apareamiento.
Bulle de vida la hermosa laguna pampeana, dan ganas de filmar y sacar miles de fotos, eternizar el momento tan bello que la vida me está ofreciendo. Y agradezco por estar aquí, por poder asomarme a un mundo tan lleno de luz, de colores y de brillos espejados en las tenues olas.
Sentada a la vera de la ruta, silenciosa por momentos, me contagio del vuelo de las aves y me dejo llevar hasta la primavera. Quiero quedarme en el medio de este paisaje, casita sencilla, galería al este, árboles en el patio, jardín en el frente. Mi quinta, el molino, mi fiel caballo y su compañero de arreos en el ocaso, el cuzco juguetón y guardián de noches sin luna.
El olor a pasto y  tierra mojada, inunda mis sentidos, mientras el balido de las ovejas y de la única vaca en el corral, me llevan en andas hacia  mis sueños. Algo me falta y alcanzo a vislumbrar el verde claro del ombú que debo pintar junto a los corrales y un caldén enorme y protector… y un ceibo junto al sauce, mojando sus raíces en el arroyito.
Bajo la galería riego mis plantas de brillantes hojas, con el agua de lluvia que junté en el aljibe. Al costado de la casa está el horno con su boca abierta , esperando el pan y los bollos para el mate. Y  aparecés , así de pronto, de gorra calada, con el hacha en la mano y un atado de leña cargado a la espalda.
La tarde se escapa detrás del horizonte, rosada y limpia como nuestra vida, la que soñamos siempre, la que compartimos hoy. Benditos sean los sueños, bendita la naturaleza y alabada sea la esperanza, que nos regala Dios.
Lydia Musachi


sábado, 29 de octubre de 2016

TIO JUAN Y LOS ESPIRITUS

                                              
 
Ya no existe nadie que  pueda ayudarme a completar los recuerdos que duermen en algún rincón de mi mente y de mi corazón. Pongo en marcha el retroceso y el tiempo me acerca hacia las  noches de invierno cerca de la cocina a leña. Sitio obligado de los tíos  Miguel y Juan y lugar especial para que los atacáramos, obligándolos
a que nos contaran hechos y sucedidos de sus vidas cuando eran  niños y vivían en el campo, con sus padres y hermanos, allá por el pueblo de Cavour y  más tarde ya afincados en éste el que fuera su lugar.
Mi madre accede a regañadientes a agregar algunos condimentos a mi trabajo de juntar recuerdos y darles forma , por lo general le pregunto por el nombre de las personas a que se refieren las anécdotas , porque siempre me ha costado recordar  nombres, más si estos son los personajes que forman parte de esta vuelta por el túnel del tiempo.
Al lado de la cocina donde mi madre trajinaba, se escuchaban los cuentos de Don Juan el zorro y su tío  Tigre. La Leyenda de la Luz Mala, el caso de Los Turcos muertos por el tren en el Paso a Nivel que mi padre y mis tíos , tenían que cruzar para ir a la escuela y también el relato detallado de las visitas de El Maestro de las Perras, que así lo llamaban, a un trotamundos que oficiaba de maestro rural y que viajaba con una jauría de perras, debajo de su break.
 El que nos contaba cuentos en su afán por entretenernos y que le festejáramos sus ocurrencias, era el tío Juan, nos tenía mas paciencia que el tío Miguel. Era como un chico grande y se calificaba a sí mismo como retrasado mental porqué su mamá le había explicado que cuando tenía 3 ó 4 años lo había encarado un carnero enojado y lo había dejado desmayado varios minutos. El decía que por eso le costaba aprender a leer y escribir correctamente, aunque lo hacía y se divertía muchísimo leyendo las historietas que mi madre le compraba cada mes, cuando cobraba la liquidación de la leche del tambo, donde el tío Juan era el gran ayudante de mi padre.
En casi todas las familias numerosas de aquéllos tiempos,  existían personas con poca inteligencia, quienes eran las que  trabajaban en las tareas mas fuertes o que los demás hermanos mezquinaban hacer. A veces con promesas de regalos tan simples como alguna golosina, cigarrillos o como en el caso de tío Juan en traerle del pueblo queso cáscara colorada, dulce de membrillo y la revista Patoruzú o Patoruzito. Esas cosas eran su regalo más esperado. Al dinero no le daba importancia, sólo lo usaba cuando tenía que ir con mamá al pueblo a cortarse el pelo y tomarse una "naranjina" en el boliche de Sibona, que quedaba en la esquina del  Hospital, mientras esperaba que mi madre hiciera los mandados y luego lo pasara a buscar. Traía masitas y nos regalaba las monedas que le sobraban, a las que les llamaba "chelilas", hasta hoy no he podido deducir de dónde habrá sacado esa palabra, podría ser del piamontés o tal vez, como tantas otras que usaba, sería producto de su invención.
Tío Juan se divertía cuando alguien hacía alguna cosa fuera de lugar o se equivocaba, era su pequeña venganza porque decía que como el loco era él y los demás eran todos normales, las pavadas se las adjudicaban a él.
El hacía las veces de abuelo con nosotros, nos mimaba con sus golosinas, nos contaba  cuentos y nos asistía atándole el sulky a mamá para llevarnos al pueblo o nos ensillaba el Pirincho para ir a la escuela. Algo solía pedir a cambio: que le trajéramos figuritas, que él guardaba para mirarlas cuando estaba descansando y tomando sus sagrados mates de pava enorme y negra calentada en la fragua.
Cómo nos defendía cuando nuestro padre nos reprendía! siempre era por alguna travesura que habíamos hecho en pandilla, pero él siempre nos justificaba diciendo que éramos chicos y ya se sabe…
Hacía de niñero porque siempre estaba alerta mirando por dónde andábamos, que no subiéramos a los techos, que no nos asomáramos al tanque y que no nos metiéramos en el corral cuando una vaca recién había tenido su ternerito. Algunas se ponen muy malas cuando uno se acerca a su cría y  a nosotros nos gustaba ir a tocarlo.
Cuánto lo queríamos todos! Vivíamos en Las Parejas cuando me casé y me mudé con mi esposo a mi pueblo natal, él se quedó muy triste, porque pensaba quien le iba a cortar el pelo, si no estaba la loquita, porque así me decía con cariño. Me contaban mis padres que me esperaba todas las tardes, apoyado en el palo que usaba para arriar los terneros y las vacas hacia el corral.
Tardé un mes en volver después de mi casamiento y allí estaba en la tranquera, mirando hacia la ruta para verme bajar del colectivo o de la camioneta de mi marido. Fue el primero que me vió y salió corriendo a mi encuentro.
Cuando se enfermó de un cáncer de piel, estuvo internado en el Hospital de mi pueblo, para que yo pudiera cuidarlo. Cuando lo dejaban deambular se venía hasta mi  casa, que quedaba a una cuadra y esperaba que me despertara para tomar mates con galletitas que él compraba en el almacén de la esquina. De ésa se salvó con una oreja menos, pero no le daba importancia, se cubría con la boina. Cuando volvió a su casa en el campo, extrañé su compañía y él volvió a esperarme apoyado en la tranquera. Le gustaba que yo le contara las novedades de su pueblo que siempre añoraba.
Al cabo de unos años esa cruel enfermedad lo volvió a tomar y esta vez en los pulmones, por lo que no hubo mucho que hacer, solamente aliviarle los dolores y darle todos los gustos. En su lecho de muerte reclamaba mi presencia, me reconocía por los pasos cuando llegaba, porque había quedado ciego y se emocionaba con mi embarazo reciente. Tenía la esperanza de que mi bebé naciera antes de su partida, pero no pudo ser. Siempre lo tenemos presente en nuestra familia, aunque no tengamos ni una sola fotografía suya, porque la única que pude sacarle, de sorpresa, se extravió en alguna mudanza y aún hoy la sigo buscando cuando reviso mis cajas de fotos.
Lo recordamos, como un duende trabajador, juguetón, y amante de los niños. Un alma llena de alegría que aborrecía la violencia en todas sus formas, se enfurecía si alguien le pegaba a un animal o maltrataba a las personas. Entonces las conversaciones con sus espíritus de confianza se tornaban puros reclamos y rezongos a viva voz. Era su manera de desahogarse ya que nunca se prestaba a una pelea.
Lydia Musachi


ATARDECER









Atardecer

El sol se esconde en el monte
Buscan sus nidos las aves,
Ya se está durmiendo el campo
Pronto se verá brillante, en el bello cielo la luna

soñando dulcemente, en mi regazo te acunas. 




Lydia Musachi





miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA ESPERANZA

                                                


Los cerros eran el horizonte por los cuatro costados. Perdida en el fondo del valle donde serpentea el río mas caudaloso, entre un bosquecito perfumado de yuyos, allí se encuentra Mi Esperanza, una finca serrana, fresca y con olor a hogar desde su amplia galería.
Para los lugareños la finca es una leyenda y en cuanto me contaron algunos de sus misterios mi instinto de comunicadora me empujó a querer conocerla para luego contar lo que ví, lo que sentí y lo que imaginé sobre élla.
Golpeé las manos y enseguida salieron a ladrarme dos hermoso perros ovejeros, que al grito de su amo, volvieron sobre sus pasos. Allí de pie en la fresca galería, un anciano de buen porte y mejor pilcha gaucha, me observaba.
-Buenos días Señor!
-Buenos días Señorita, que se le ofrece? –respondió.
Y allí me quedé, parada y muda. Qué le podía decir?  Tenía miedo de ofenderlo y que me saque a guascazos con el hermoso rebenque se lucía colgado en la pared.
Me presento respetuosamente y le digo que soy una turista curiosa nomás, que me encantó su casa, todo el lugar y que pensé en su antigüedad, sus historias, y como me gusta escribir, a lo mejor pueda inspirarme y escribir por fin mi primer novela.
Me miró como sospechando, entrecerrando los ojos, pero al fin extendió su mano y me dijo me llamo Braulio Altamirano, pase Ud. y para eso de la novela, no creo que haya mucho para contar por acá.
Tomamos asiento en unos sillones rústicos de madera sin lustrar y paja trenzada, cómodos y cálidos como de hogar acogedor. Se me escapa la mirada hacia tantas bellas plantas que adornan la galería, jazmines trepadores, abrazando las columnas de caños verde inglés, tinajas panzonas llenas de malvones, láminas de Molina Campos adornando las blancas paredes y  lazos de amor colgando de las macetas. El olor a campo llena mis pulmones y una linda señora parada frente a mí, me extiende su mano. Una sonrisa en su boca y una trenza oscura cayendo sobre el pecho.
-          Sea bienvenida a nuestra casa, que la trae por aquí?
-          Me traen la paz de este lugar y la belleza de su casa, contesté. Pero soy muy curiosa y me parece que hay historia detrás de estos muros y quizás algunas muy lindas y románticas. No puede haber pasado la vida, sin haber dejado rastros en un lugar tan especial.
-          Tiene razón, me contestó,-esta casa y este lugar,-están plenos de historias, de luchas hostiles, de amores difíciles y de grandes acontecimientos. Al menos así  sentimos los que algo de todo eso hemos vivido aquí.
Así fui aceptada como huésped de honor en esa bella casa, y allí mismo percibí que el argumento de mi novela estaba asegurado.
Me alegró el corazón la amabilidad del matrimonio, tanto como si hubieran estado  estado esperando mi llegada. Quizás les parecí sincera o les recordé a alguna hija que anduviera lejos por el mundo, fue la explicación que me dí.
Como no llevaba equipaje, la dueña de casa, que allí supe que se llamaba María, me ofreció todo lo necesario para mi higiene personal y me acompañó al cuarto de huéspedes.
Cercano ya el mediodía, el sol picaba fuerte, así que me convidaron con un vaso de agua fresca, recién extraída a balde y cadena de un aljibe que se veía en el patio.
Conversamos un rato, los tres en la galería y luego pasamos al comedor, dónde María presentó una asadera con carne dorada , acompañada de hortalizas y verduras.
Que rica me pareció la comida, que linda conversación tuvimos los tres solos en la casa, parecíamos como si fuéramos de la familia y que hubiéramos pasado mucho tiempo sin vernos. Me impresionó el tratamiento cariñoso entre la pareja, con cuanto amor se atendían mutuamente. María era tratada con dulzura por su esposo y élla respondía con respeto, pero se leía el amor en su mirada. Observé callada que la vida en esa casa era como en un remanso de paz.
Me contaron que Don Braulio había heredado ese campo de sus padres, hace muchos años, que tenían algunas cabezas de ganado para subsistir y caballos mansos para salir a recorrer el paisaje.
-La señora monta muy bien desde que era niña, me dijo su marido acariciándole el pelo. Y ordeña una vaca todas las mañanas, abre la puerta del corral a las cabras y ovejas para que salgan hacia el cerro a pastar, acompañadas por los perros. Ellos mismos las arrean hacia los corrales al atardecer, donde María las espera y las vuelve a encerrar.
-Se encuentra a gusto? Me preguntaron  a dúo. Mi respuesta positiva los hizo sonreír y propusieron que me fuera a dormir una linda siesta y que luego tenían algunas cosas para contarme, que seguramente servirían para escribir una novela.
- Y de ésas que tienen final feliz, dice María, tocando suavemente la mejilla de su esposo.
Luego de la siesta y de unos ricos mates con tortillas, salimos los tres a caballo, para recorrer el pequeño valle, llegando hasta un arroyito rumoroso, que salpicaba las orillas pobladas de berros.
 Pese a que Don Braulio no era joven como su esposa, se los veía saludables y felices de vivir de manera tan sencilla y con tanta libertad, cabalgaban conversando entre éllos y a cada rato me señalaban algún árbol añoso o algunos pájaros que salían volando, nombrándolos y contando alguna anécdota.
Al regresar, ya era el atardecer, la señora se dirigió a supervisar sus animales en el corral y a prepara la cena en la cocina. Quise acompañarla pero me indicó que me quedara junto a su esposo a tomar un refresco en la galería y que le pidiera que me contara algún acontecimiento o leyenda, porque el tenía buena memoria.
Mejor lo dejamos para después de la cena, me dijo don Braulio, vaya nomás a la cocina, si es su gusto. La típica cocina de campo me asombró por su limpieza y por el orden. Ollas y sartenes colgaban sobre la cocina a leña, con una típica campana instalada sobre las hornallas y la luz provenía de una antigua lámpara de hierro que pendía de las vigas del techo, alto y señorial. Pronto estábamos cenando en el comedor y mis sentimientos eran como de estar viviendo en otro tiempo.
Afuera la noche era silenciosa y tibia. La luna señoreaba en un cielo azul-negro, cuajado de luciérnagas titilantes y se prestaba para sentarnos a tomar mates con cedrón en la galería y también para escuchar las historias que me tenían prometidas y que me llenaban de interrogantes.
Don Braulio la mira a María y le dice: -le contamos nuestra historia? Y élla riendo le dice que sí, que yo merecía escribir mi primer novela y que éllos podían colaborar.
Había una vez, hace muchos años, una casa de campo, dónde vivía una pareja que había llegado a casarse tras muchas vicisitudes, chismes de comadres y lágrimas derramadas. El varón, hijo de un hombre de campo, con reglas estrictas respecto al honor y la virtud, se había enamorado de Juliana, una bonita niña de un establecimiento ubicado en los cerros. Al tiempo de conocerla, le propuso matrimonio, soslayando las recomendaciones de su padre, que había oído que la joven no era tan virtuosa como él pretendía que fuera la mujer elegida para esposa de su hijo. Se comentaba que la señorita había sufrido una violación, en el transcurso de un viaje a la ciudad cercana. Tras reuniones, llantos y discusiones familiares, los enamorados deciden fugarse y en una capilla perdida en los cerros, se casaron. Anduvieron trabajando en lo que encontraban, ambos estaban acostumbrados al trabajo duro, y al final se afincaron, ya con una hija, en una pequeña casa, entre molles y algarrobos a la orilla del Río Grande. Al tiempo, Juliana enfermó gravemente y ya no pudo hacerse cargo de las tareas que demandaba el hogar. Su hija, de apenas 10 años, se hizo cargo del cuidado de su madre enferma y de las tareas de la casa. Dejó de concurrir a la escuelita rural y asistió hasta el último momento a su querida madre. Luego del dolor por su partida, la vida siguió su curso. La pequeña volvió a la escuela, su padre le ensillaba el caballo y cada mañana partía para hacer una hora de camino, por estrechos senderos en el monte, y asistir entusiasmada a sus clases. Al terminar su escolaridad, se dedicó de lleno al cuidado de la casa, de las cabras y las ovejas, mientras el padre sembraba los claros del monte, alambraba y atendía el ganado que pastaba en los cerros.
Cada noche se encontraban en la mesa y comentaban los acontecimientos del día, lo que había hecho cada uno en lo suyo.
Y llegó la primavera al alma de la niña y soñó como lo hacen todas las jovencitas, con el amor y los ojos se le llenaron de pájaros y en su panza revoloteaban mariposas.
Su padre tenía 42 años y hacía 8 que había quedado viudo. No había vuelto a enamorarse, pese a que los domingos solía llegarse hasta el pueblo a visitar conocidos o jugar a las bochas en el boliche.
La joven era muy alegre y se notaba feliz de vivir de la manera en que lo hacía. Se arreglaba bien su largo pelo, se ponía color en las mejillas y los domingos se vestía para ir a misa a la capilla cercana. Al regresar cocinaba algo rico y ponía lindas flores en toda la casa. Un día sintió algo extraño en su pecho, cuando percibió la mirada de su padre, a través de la mesa del comedor y  sintió como le ardían las mejillas. Logró sonreír y levantarse apresurada a  lavar los platos. Qué me pasa, se preguntó.?
Otro día se vio ansiosa esperando que regresara del pueblo el hombre de la casa y  preocupada se puso a llorar. Qué es lo que me pasa? Decía para sí mismo. A quién le puedo contar?. Y decidió que el domingo iba a ir a la capilla, un rato antes de la misa, para poder hablar con el viejo cura que la conocía desde muy chica.
Por las noches no podía dormir, caminaba por la casa, intranquila, se miraba mucho en el espejo, deseaba y le preocupaba a la vez, que llegara el domingo. Una de esas noches de insomnio, deambulando por la casa, se topó de lleno con los ojos hermosos del hombre que creía era su padre y en la oscuridad, se acurrucó en su pecho como pidiendo su amparo, pero sus instintos y la sinrazón de sus sentimientos hicieron que levantara su cara y buscara su boca. El abrazo y el beso fue correspondido y luego se sintió tomada de la mano y conducida hacia la galería, donde se sentaron y la oscura noche fue testigo de la explicación de todas las cosas que le estaban sucediendo.
-          María, le dijo el hombre recién descubierto, yo no soy tu padre biológico, me casé con tu madre por amor a élla y a vos que venías en camino, fruto de la violación que le infligiera un desconocido a tu mamá en el camino a la ciudad. Eso explica lo que sientes, no llevas mi sangre, por eso ahora que has despertado como mujer, percibes sensaciones que te llenan de miedo y a la vez de alegría. Si no me equivoco, querida mía, estás enamorada y yo me culpo por haberte mirado con el amor que siento por ti, desde el día que me dí cuenta que ya eras una hermosa mujer.
-          Y aquí nos ve, señorita, después de 40 años, llenos de amor el uno por el otro y lejos de la gente que no entendió el lenguaje tan simple de la vida, el del amor.
Regresé a la “civilización” con la mas dulce de las experiencias y me puse a escribir una bella historia de amor, sin siquiera tener que usar la imaginación.

Lydia Musachi- Valle Hermoso, 10 de enero de 2010.