martes, 12 de diciembre de 2017

MONUMENTO AL BRIGADIER LÓPEZ











EL MONUMENTO AL BRIGADIER ...
En la ciudad de Santa Fe el 12 de Diciembre de 1857 se resuelve levantar un monumento en homenaje al Brigadier General Estanislao López. En un primer momento se lo colocaría en la Plaza de Mayo, pero años más tarde se decide ubicarlo en Avenida 7 Jefes, frente al Puente Colgante.-
Como se puede apreciar, el artista usó las pautas artísticas que marcaron los grandes escultores desde la época medieval, ya que el caballo del Brigadier tiene las cuatro patas asentadas sobre el piso, lo que indica que no murió ni en batalla ni por heridas causadas en ella.- 
Los demás objetos representados en el monumento, señalan elementos importantes de la época, como ser el trabajo representado por los bueyes y los gauchos como símbolos de patriotismo y lucha.-
Esta escultura es una gran obra del artista Juan Carlos Oliva Navarro..-

Gracias a Carlos Silvetti.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

DIA NACIONAL DEL GAUCHO





Gaucho:
Naciste en la juntura de dos razas
como en el tajo de dos piedras
nacen los talas.

Con un poco de tierra y otro poco de cielo,
amasaste el adobe para construir tu rancho
-mismo como el hornero-.
Por eso yo te veo ascendencia de pájaro.

Eras,
una mitad liada abajo y otra mitad hacia arriba;
una mitad de tierra y otra mitad de cielo;
un mitad de carne y otra mitad de alas;
carne tu forma física;
alón tu forma lírica;
y si eso no bastara para llamarte alado:
alas en tu caballo,
alas en tu sombrero,
alas todo tu poncho.
alas, a media espalda flameando en tu pañuelo;
y alas también llevabas fijas en los talones:
las agudas rodajas de tus espuelas.

Gaucho:
naciste en la juntura de dos razas
como nacen los talas
en el tajo de dos piedras.


Fernán Silva Valdés
De "Intemperie"
Panorama de la Poesía Gauchesca y Nativista del Uruguay
Selección, prólogo y notas de Serafín J. García
Editorial Claridad - Montevideo - 1941

martes, 7 de noviembre de 2017

UN AMOR DE LEYENDA













Un Amor de Leyenda
Francisco Ramírez y La Delfina




Es 28 de junio de 1839: un día de invierno en Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay).Acaso es también un día de fiesta (aunque amarga y secreta) para Norberta Calvento, la señorita cuarentona que oye, desde la sala, el paso demorado de un ataúd. Sus ropas de luto no se deben por cierto a la muerta reciente que transita sobre la calle despareja. Desde hace dieciocho años, viste de negro por un hombre que le pertenecía y que esa muerta próxima supo robarle con descaro. Ahora tiene el consuelo de ver pasar, como reza el proverbio árabe, el cadáver de su enemiga. Tampoco ésa, la extranjera, ha tenido derecho, ni legal ni celestial, a llamarse viuda. “¿Pero es que le habría importado eso a la manceba?”, se tortura Norberta. Las noticias del día siguiente la desalientan por completo. La Delfina ha muerto a solas, anticipándose al tango, “sin confesión y sin Dios, crucificada a su pena, como abrazada a un rencor”. Nada debió de inquietarle la bendición de un fraile a la que se animaba a presentarse ante el Supremo de los Supremos tan arrogante y desnuda de toda protección como se había presentado una vez ante el Supremo Entrerriano. Si algo faltaba para cerrar el circulo de un melodrama ejemplar, la misma Norberta se encargaría de proveerlo años más tarde, cuando, por su expreso pedido, sería amortajada con el traje de bodas cosido en vano para su casamiento. 

Pocas historias cumplen, en efecto, los requisitos de la pasión romántica con la perfección del ya legendario amor entre el caudillo Francisco Ramírez y su cautiva portuguesa, por todos conocida como La Delfina. Hay un héroe indiscutido (Ramírez) que, como deben hacerlo los amados de los dioses, muere joven; hay una mujer fatal (Delfina), tan bella como enigmática, que lo lleva involuntariamente a la muerte. No faltan dos personajes secundarios que completan el episodio: 

una víctima inocente de la gran pasión (Norberta, la novia abandonada) y un presunto traidor al héroe, por ambición y celos (el entonces coronel Lucio Norberto Mansilla). Se trata de un amor entre enemigos, y también entre un Príncipe y una Cenicienta. Un amor que ignora bandos y jerarquías, que rompe convenciones, que lleva su desafío hasta el último extremo. 

El héroe. Ramírez era hijo de familia decente, de recursos. Su padre, Juan Gregorio, paraguayo, marino fluvial y propietario rural; su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, dueña también de algunos campos. Leandro Ruiz Moreno sostiene que por la rama paterna se hallaba emparentado con el marqués de Salinas, y por la materna, con el virrey Vértiz y Salcedo. Más allá de estos encumbrados antecedentes, lo cierto es que Francisco Ramírez fue ante todo hijo sobresaliente de sus propios actos. Pasado ya el furioso fervor liberal y porteño contra los caudillos provincianos, que animó, entre otros, los textos de Vicente Fidel López, bien pueden verse hoy en esos actos también virtudes cívicas y civilizadoras no reconocidas antes, como ocurre con la ley de enseñanza primaria obligatoria, la fundación de escuelas, los avances en la institucionalización política de la Mesopotamia argentina 

Pero para la construcción del mito no son tales aportes, sin duda encomiables, los que cuentan. Desde su temprana actuación, a los veinticuatro años, como chasqui de la Independencia, en los albores de la Revolución de Mayo, lo que distingue a Ramírez entre otros es su clarividente valentía y la suerte prodigiosa que acompaña sus empresas. Sabe disciplinar a los propios, emboscar y sorprender a los ajenos. Es él quien arrea todo el ganado que encuentra al paso, y se acerca a Buenos Aires, envuelto en polvo, fragores y bramidos, desconcertante, temible, sin que se sepa cuántos hombres comanda realmente. Es él quien ordena el cruce del Paraná, de noche, y hace nadar a los soldados gauchos asidos a la cola de los caballos para tomar, al día siguiente, la ciudad de Coronda. El, también, quien vence siempre, aun con tropas diezmadas; quien confunde el sendero del enemigo, o lo apabulla con un coraje ostentoso, hasta la última y definitiva batalla, que será también su primera derrota. 

Cuando conoce a Delfina aún es aliado del santafecino Estanislao López y de Gervasio Artigas, en contra del Brasil y de Buenos Aires. Después de• ganar en Cañada de Cepeda, en 1820, López y Ramírez entran en la ciudad del Puerto, pero no abusan de su triunfo. Su escolta es reducida y no se muestran proclives a la exhibición afrentosa ni a las indiscriminadas represalias (Ramírez acaba de perdonarle la vida a su primer jefe, el director supremo Rondeau, a quien descubre oculto en unos pajonales). Su único gesto de barbarie (o, simplemente, de afirmación victoriosa) es atar sus caballos a las rejas de la Pirámide de Mayo. Suscriben, con Buenos Aires, el Tratado del Pilar, a costa, para Ramírez, de un nuevo enemigo: 

Artigas, que le declara la guerra por no haber sido consultado a tal efecto. 

Aunque el caudillo oriental sale perdedor en la contienda, pronto el entrerriano se encontrará completamente solo: en 1821, roto el Tratado del Pilar, López pacta con Buenos Aires, que ya tiene otros gobernantes. Podría decirse, sin embargo, que la soledad de Ramírez es la de la gloria, o la que le decreta la envidia de sus rivales. Por un abrumador plebiscito, Don Poncho es consagrado gobernador supremo de la República Entrerriana, que reúne las actuales Entre Ríos, Corrientes y Misiones. ¿Un reino propio, como aventura el poeta Enrique Molina? Sólo en algunas exterioridades fastuosas, porque El Supremo piensa en constituciones modernas, sin monarcas. Esto no le impide entrar en Corrientes con esplendor: bien vestidos (ha mandado hacer uniformes para todos sus hombres en Buenos Aires) él, los suyos y La Delfina, que gasta traje de oficial y chambergo con la misma pluma de avestruz que rubrica el escudo de la nueva república. En las galas de sociedad Delfina, no obstante, sabrá cambiar el chambergo por las flores y la peineta, y el sable por el abanico. Luego, en el campamento de La Bajada, donde habrá bailes, títeres, juegos de naipes, riña de gallos, carreras y hasta corridas de toros, dejará el abanico por la guitarra en la que —dicen— es diestra. Hacen bien en multiplicar expansiones y dispendios. Aún no lo saben, pero a su pasión pública le quedan pocas horas de fiesta. 

La mujer fatal. La Delfina es un personaje definido mucho más por las incertidumbres que por las certezas. Ni siquiera se sabe si Delfina corresponde a un nombre o a un apellido (se la ha llamado también María Delfina). Su origen familiar, su posición social, han sido objeto de fluctuaciones similares: 

si unos la creen hija bastarda de un virrey brasileño, otros la suponen humilde recogida por una familia estanciera. Hay quien dice que marchó a la campaña contra Artigas siguiendo, fraternalmente, a un miembro de esa misma familia, mientras que otras voces menos corteses la toman por ramera, o la hacen amante de algún oficialito. Hasta su belleza (de consenso indudable) está signada por lo impreciso. Como ocurre con Francisco Ramírez, nadie sabe a ciencia cierta si fue rubia o morena, blanca o mestiza. Alguno (el poeta Molina) le atribuye voz de sirena criolla y destrezas musicales. No se sabe si alcanzó también el desahogo de expresarse en letra escrita. Criada en el campo, en Río Grande do Sul, acaso ni siquiera haya cursado la enseñanza primaria, la única que se les impartía incluso a los varones, aunque fuesen hijos de familias acomodadas, como el propio Ramírez. 

Otro rasgo de La Delfina es indiscutible: era una mujer valiente de puertas afuera (porque también hubo muchas y anónimas guerreras domésticas que en las más duras adversidades sostuvieron, ellas solas, sus familias). Su valor era llamativo, exhibicionista. Amaba los uniformes vedados a su sexo y los lucía, según parece, con gallardía inolvidable. No eran sólo una forma elegante de travestismo, sino verdadera ropa de trabajo: acompañé a su Pancho como coronela del ejército federal en todas las batallas, aunque esa dulce compañía le significó a su amante la muerte. Delfina aparece en este sentido como contrafigura de otra guerrera: doña Victoria Romero de Peñaloza, más eficaz que ella en las lides militares, y que por salvar (con éxito) a su marido, el Chacho, recibió la herida en la frente inmortalizada por la copla popular. 

¿Por qué, siendo su cautiva y virtual esclava, se enamoré de Ramírez, y por qué éste, dueño todopoderoso, la convirtió en reina sin corona? Mucho se ha escrito sobre el estado de cautiverio femenino: crónico y también fundacional en la especie humana, donde el sexo, con el extraordinario poder de gestar y reproducir (y por ello reducido a la subordinación y el control), fue siempre botín de las guerras y prenda de las alianzas. Susana Silvestre, en su biografía amorosa de la singular pareja, dedica páginas lúcidas a la historia de las cautivas rioplatenses, mediadoras, con su cuerpo, entre dos mundos. Podemos suponer que a ella no le fue difícil dejarse encantar por Ramírez, hombre joven, en el cenit de sus talentos y de su buena estrella, cuyo carácter “despejado y audaz, amplio y prestigioso”, con algo de artista”, es reconocido incluso por Vicente F. López. Las prendas personales del caudillo y la oportunidad de un fulgurante ascenso hacia el poder y la gloria, marchando y mandando a su lado como si fuera un hombre, debieron de mezclársele en una irresistible combinación afrodisíaca. Y Ramírez, ¿qué vio en Delfina? 

Para que una modesta cuartelera presa lograra encadenar a un varón que podía disponer de todas las mujeres, y hacerle olvidar sus serios compromisos matrimoniales con la hermana de un amigo íntimo, debió de ser algo más que un cuerpo atractivo y una sensualidad bien dispuesta. Dulzura (la de la música, la de su lengua madre) habría, sin duda, en ella; no la pasividad o la excesiva facilidad, que matan el deseo. Cautiva, pero brava seductora; sin remilgos, aunque orgullosa en su indefensión, seguramente supo darse exigiendo, y ganó la batalla con Ramírez desde el primer encuentro, cuando el placer total, correspondido, borró la asimetría entre vencedor y vencida, y los dos fueron, uno del otro, prisioneros. 

El traidor. En todo humano paraíso hay una serpiente, y ese papel parece tocarle aquí a don Lucio Norberto Mansilla Lucio Norberto Mansilla, futuro padre de Eduarda y de Lucio y., entonces un joven coronel porteño con mundana cultura y sólidos conocimientos técnicos que puso, durante un tiempo, al servicio de Ramírez. Horacio Salduna, biógrafo del Supremo Entrerriano, le achaca a Mansilla la responsabilidad mediata de su catastrófico final. 

Los dos hombres habían entrado en contacto durante las hostilidades entre Artigas y Ramírez, después de 1820. Mansilla colabora con sus trescientos cívicos y queda sellada una amistad marcial que no será duradera. Cuando Buenos Aires y López se vuelven contra Ramírez, que prepara —nada menos— una gran campaña con el fin de recuperar el territorio paraguayo para la Argentina, Mansilla se echa atrás, argumentando que no desenvainará la espada contra su ciudad de nacimiento. Ramírez acepta esta disculpa plausible, aunque le solicita que al menos conduzca a la infantería desde Corrientes hasta Paraná. Mansilla acata, pero no cumple. Su defección priva a Ramírez de las fuerzas imprescindibles para enfrentar a López, a Bustos y a Lamadrid y lo precipita hacia la ruina. 

Salduna considera premeditada la traición de Mansilla, que se habría comportado desde el comienzo como infiltrado porteño. Buenos Aires y Santa Fe lo ayudarán, luego de la muerte de Ramírez, a coronar ambiciones personales con el cargo de gobernador de Entre Ríos. A la codicia política se habría sumado otra de distinto orden: 

Mansilla deseaba, también, los favores de La Delfina, como lo prueba la correspondencia intercambiada con el comandante Barrenechea, al que, ya desaparecido Ramírez, envía 

—inútilmente— corno celestino. 

El final: los testimonios próximos al hecho y la memoria popular sostuvieron siempre que Francisco Ramírez murió en el intento de salvar a Delfina de la partida enemiga que la había echado en tierra y comenzaba a desnudarla. Aunque hubo intentos de atribuir su muerte a otros motivos, se han desacreditado detalladamente estas pretensiones. 

Después de que muriera, Ramírez fue decapitado y su cabeza, embalsamada, conoció en Santa Fe el escarnio público. Su amada logró volver a Arroyo de la China, donde lo sobrevivió por dieciocho años. Susana Poujol (La Delfina, una pasión) la imagina prisionera (al final, voluntaria) de la novia olvidada, Norberta Calvento, unidas ambas por el recuerdo y la soledad. Quizá no estuvo tan sola; después de todo (la carta de Barrenechea a Mansilla hace suponer que la cercaba, al menos, un cortejante), pero no se casó ni engendró hijos, y no intentó, tampoco, volver a su tierra natal. 

Tal vez en toda esta historia de amor y muerte haya una insospechada ganadora encubierta: Norberta, cuyo deseo, por incumplido, nunca pudo gastarse. Como la Magdalena de El ilustre amor (Mujica Lainez), también, acaso, llegó a la tumba como un ídolo fascinador, envuelta en el vestido blanco de la única que pudo llamarse novia del Supremo Entrerriano.

Fuente: Ñandubay

viernes, 20 de octubre de 2017

ABORÍGENES DE LA PATAGONIA ARGENTINA


                                     ABORÍGENES DE LA PATAGONIA ARGENTINA

Tehuelche

Los tehuelches, que a sí mismos se llamaban aonikenk, eran un pueblo cazador y recolector, por lo tanto nómade. Se alimentaban de guanacos y choiques. También de bayas, semillas y hierbas por lo cual recorrían, siguiendo las leyes de la subsistencia, las mesetas patagónicas desde las cordilleras hasta el atlántico.

Desde el punto de vista cultural, puede decirse que practicaban una división sexual del trabajo, los hombres, ocupados de la caza y las mujeres, de elaborar mantos de piel de guanaco (quillangos) con lo cual se preparaban entre otra cosa, los toldos que se utilizaban para las viviendas, de transportar el agua, la leña, etc. Aunque poco frecuente, era admitida la poligamia. Las mujeres no eran obligadas a contraer matrimonio contra su voluntad.

En la Isla Grande de Tierra del fuego, los onas no eran sino una prolongación de éste mismo grupo étnico. Sin embargo, existían tres lenguas diferentes entre los tehuelches, una entre los límites de los ríos Negro y Chubut, otra, entre Chubut y Santa Cruz y la última, entre el río Santa Cruz y el estrecho. Existían también dos variedades lingüísticas entre los onas, los del centro, y los del suroeste.

El censo de 1869, estimaba una cantidad de 24.000 tehuelches en la patagonia argentina, pero ya en 1895, solamente 5.500. Hoy, se encuentran totalmente extinguidos.




Puelche

Los puelche eran navegantes en el silgo XVII y habitaron las margen norte del lago Nahuel Huapi. No utilizaban canoas de troncos sino de tablas de alerce, que los españoles llamaron piraguas.

En mapudungun (lengua mapuche), puelche significa “gente del este” (puel: este; che: gente), eran un pueblo nómade basado en una economía de subsistencia (especialmente la caza del guanaco y el ñandú).


Pehuenche

Los pehuenche o habitantes de la zona de los bosques de pehuenes eran cazadores y recolectores. Los piñones (semilla del pehuén) eran parte importante de su alimentación.


Mapuche

Mapuche (mapu: tierra y che: gente) significa, literalmente, gente de la tierra. Hay quienes estiman que los primeros en autodenominarse mapuches fueron los molluches, pueblo que llegaba desde el este de los Andes, empujados por la conquista española. Pero éstos, habían sido precedidos al menos por otros dos grupos étnicos. Uno de estos grupos, anclado en el norte chileno traía en su haber cultural la lengua mapudungun que prevaleció por sobre la de sus invasores. En rigor, las tribus mapuches que actualmente residen en territorio argentino, son originarias de Chile (entre el Bio Bio y el Tolten) y llegaron al lugar a partir de 1878, imponiendo sus cultura a las etnias pehuenches, huilliches, poyas y tehuelches. Los mapuche eran básicamente agricultores y vivían en casas de madera pero se adaptaron a la vida nómade cuando se desplazaron hacia el este, favorecidos por la utilización del caballo, que los españoles introdujeron en el siglo XVI, iniciando el llamado proceso de araucanización. Actualmente, en los medios rurales sobreviven aún algunas de las costumbres tradicionales.
El origen del término "araucano"

El pueblo mapuche fue llamado “araucano” por los españoles. ¿De dónde proviene esta denominación? Aparentemente, el vocablo araucano fue utilizado por los españoles para bautizar a los indígenas chilenos originarios de la zona de Ragco (agua gredosa) que refería a un arroyo de la región. Esta palabra habría derivado en “Arauco”, tal como consta en un acta del Cabildo de Santiago de 1451. Luego, la zona, alcanzaría la denominación de “Araucania”, “Araucanos,” sus habitantes y “Araucarias” sus árboles más representativos. Finalmente, el gentilicio “araucano” se consolidaría definitivamente con el gran poema épico de Alonso de Ercilla y Zúñiga, “La Araucana”.

Se supone así, que el origen del término “araucano” sería en parte fruto de una deformación azaroza a partir de una toponimia aborigen. Sin embargo, el pueblo mapuche ha rechazado históricamente esta denominación por ser una creación de los conquistadores blancos y presumirla despectiva. En esta misma línea es curioso advertir que la voz mapuche “huinca” que originariamente significaba “ladrón de ganado”, fue adquiriendo el significado genérico de “hombre blanco”.
El mapundungun

El pueblo mapuche dominó a los tehuelches del este (pampas) a través de un lento proceso de asimilación cultural que duró unos doscientos años. Como parte de este proceso, la lengua mapuche se impuso a las anteriores. Actualmente, el mapundungun se mantiene solo en regiones aisladas de Chubut, Neuquén y Río Negro. Pero sobrevive en la toponimia de muchos lugares de la región y en un castellano rural, interferido por numerosos vocablos de origen mapuche.

El mapundungun es una gran lengua andina que posee notables posibilidades de expresión y es la propia de una cultura de oradores, apta para los parlamentos y la diplomacia. En efecto, su vocabulario es muy abundante y rico en matices.
Religión

Los mapuche creen en en Ngenechén (el Creador) a quien cada año ofrecen una rogativa religiosa denominada nguillatun.

El nguillatun cumple una función importante desde el punto de vista social y religioso. La ceremonia comienza en la víspera en cuando se coloca el rehue, que consiste en una rama de canelo y otra de maqui (arbusto de frutos), atados en una estaca. El día de la ceremonia se colocan al pie una ofrenda: cordero, carne, pan, bebidas.

En el altar, separado algunos metros, los ancianos a cargo de la rogativa, ofrecen la sangre de los corderos sacrificados en platos de madera. La ceremonia es acompañada por exclamaciones y danzas rituales al son de los instrumentos musicales (kultrúm -tambor araucano-, pifulkas -clarines araucanos-).

A continuación, se traduce una rogativa mapuche según tradiones orales, recogida en Moquehue por Daniel Carro:

Este día, arrodillado en la tierra,

Dios, déme buen cielo, este día

arrodillado en la tierra Dios, déme

buena cosecha, mucha cosecha

déme buen pasto déme, buena

hacienda déme, buen pensamiento,

déme vida con toda mi

familia, déme un buen trabajo,

muchos años y buena vida, deme.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

JUAN AUGUSTO

              






  JUAN AUGUSTO

Hoy cumples 2 anitos chiquito mio
Quiero comer a besos tus cachetes
Abrazarte bien fuerte y hacerte reir
llenandote las manos de juguetes.
A veces nada es como quisiera
Pero a fuerza de amor te tengo cerca.
Quiero que crezcas muy feliz
Y que nunca te enojes con tu padre
 El te ama desde que naciste,
Aunque no  puede compartir tus días,
Como lo hace tu madre.
Juancito de mi corazón, sos mi nieto peque;ito
Ojala algún dia me ames mucho

Como lo hago yo, desde que viniste al mundo.

sábado, 26 de agosto de 2017

EL GAUCHO RIVERO





El 26 de Agosto de 1833 se lleva adelante la Rebelión del Gaucho Rivero en Malvinas; en la Isla Soledad, acompañado por otros 8 gauchos del grupo de 14 que habían ido a trabajar bajo las ordenes de Luis Vernet, se rebela contra la autoridad Inglesa establecida tras la usurpación de las Islas y atacan a los encargados del establecimiento que trabajan dando muerte a 5 de ellos incluso al colono Williams Dickson administrador del archipiélago.- Luego se instalan en la casa principal arrían la bandera inglesa e izan el pabellón nacional.- Lo secundaron en este levantamiento los gauchos Juan Brasido y Jose M. Luna como así también 5 indios charruas acriollados Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar, Manuel Gonzalez y Pascual Latorre, estaban armados con facones, boleadoras, espadas y 1 pistola contra las pistolas y fusiles de los opositores.-
En la historiografía, no hay unanimidad de opinión respecto a la figura de Rivero y sus acciones en Malvinas. Mientras para algunos historiadores el motín se habría producido por problemas económicos , para la mayoría de los historiadores argentinos, Rivero fue un héroe popular, pues se sublevó con el fin de expulsar al «invasor» británico de la isla y recuperar la soberanía argentina, lo que por cierto ocurrió y dejó marcada una huella en la historia.-

miércoles, 16 de agosto de 2017

LUNA TAMBERA





                                                                  LUNA TAMBERA


Montando el nochero y fumando su pucho de armar
en frias noches de invierno mi padre va,
potrero de alfalfa, buscando las vacas
en la madrugada, para orde;ar.

Luna tambera, su compa;era, en la oscuridad,
como todas las veces llegando al corral,
camino de rocio, arreando las vacas,
silbando bajito, el Tonio va,
balar de terneros, taloneando al nochero,
por los potreros mi padre va.


Lydia Musachi

JULIO DOMINGUEZ ( EL BARDINO)




JULIO DOMINGUEZ (El Bardino)


Nació en Algarrobo del Águila el 20 de diciembre de 1933. Artista popular desde su origen, formación y desde el modo que ha elegido para expresar y reelaborar la tradición poético-musical a la que pertenece. Por eso su obra tiene acentos regionales auténticos y un tono de dignidad y de valoración de esa misma región.
Como autodidacta ha realizado grandes esfuerzos para lograr un crecimiento intelectual propio y, sobre todo, la evolución poética que manifiesta su obra. Fue socio fundador de la Asociación Pampeana de Escritores y de Coarte, primera cooperativa pampeana de trabajo artístico.
Entre sus obras se destacan: "Tríptico para el Oeste", "Canto al Bardino", "Rastro Bardino", "A Orillas de Santa Rosa", "Comarca", en tanto que otros muchos poemas aguardan, aún inéditos. Su creación trasciende el rubro "poesía" para proyectarse en la música, en los medios de comunicación y en la escuela porque "La Chilquita" y "Milonga Baya" son como banderas identificatorias de un paisaje, de un canto y están ya en la savia que alimenta nuestra pampeanidad. Su última edición es "No tan cuentos. Cuentos y relatos de La Pampa" (2004).
Falleció el 11.02.2007.